Durante la espera

Sabe que está a punto de llegar y oscurece la habitación. Se quita la camisa y la falda y las lanza al vacío. No lo hace con suficiente energía, las coge y vuelve a arrojarlas como si no hubiese sido algo premeditado, tratando de marcar el ardor que supuestamente le embarga. Suspira no demasiado satisfecha pero mira el reloj y se percata de que no dispone de demasiado tiempo. Dirige una mirada fugaz al espejo donde encuentra un reflejo de sí misma en ropa interior. Hace poses inverosímiles tratando de descubrir su aspecto más atractivo. No le apetece plantearse si le gusta la imagen al otro lado y decide tumbarse. Se prepara sobre la cama. ¿En qué posición debería esperarle? ¿Simplemente tumbada como si nada? ¿Tal vez de lado marcando pecho? Se siente completamente ridícula. Y está convencida de que la situación lo es. Cuando Alberto y ella se conocieron no tenían que planificar los momentos de intimidad, simplemente sucedían y continuamente. Sus cuerpos estaban en incesante efervescencia y sólo necesitaban mirarse para desearse y tenerse. Con los años, la rutina, el trabajo y el cansancio en general fueron mermando la efusión. A ella no le preocupaba en exceso, suponía que era algo corriente dentro de la vida de una pareja. Se sentía bien, satisfecha. Algunos aspectos de su relación habían disminuido, pero al mismo tiempo, sido reemplazados por otros. Eran felices, ¿es que eso no era suficiente? Evidentemente no le preocupó hasta que él vino a reprocharle que ya no se cuidaba ni le atendía cómo precisaba. Lo cierto es que se sintió bastante indignada, en aquella pareja él no era el único que tenía necesidades, pero parecía que las de él primaban sobre las de ella. Así que, sin pensarlo demasiado, acudió a una tienda de lencería y se compró un conjunto elegante (se negaba a adquirir uno de ésos más parecido al que llevaría una joven en una película porno), preparó la habitación y decidió esperarle en una pose invitadora. Y allí estaba, sintiéndose grotesca en su propia cama. Comenzó a sentir un poco de frío, se abrigó con los brazos y miró hacia el reloj de la mesilla. Qué extraño, Alberto ya se retrasaba. Tal vez se hubiera quedado con los compañeros tomando algo. Oh, no, había olvidado comprar las cebollas para el guiso de mañana. ¿Debería llamarlo para pedirle que se pasara por el supermercado? Adelantó el cuerpo para abandonar su posición y en ese preciso instante, divisó su reflejo. Fue como si se mirase por primera vez. Y sintió ganas de llorar.

Llegados a ciertos momentos, debemos ser sinceros con nosotros mismos y asumir que no estamos hechos de paja.

... ...

¿De dónde había salido aquella puerta? Estaba convencida de que de haber estado siempre allí, me habría percatado antes... en una de las sesiones de limpieza intensiva, por ejemplo. Era extraño, sin duda. Se trataba de una puerta de pequeño tamaño, menos de cincuenta centímetros de altura y de color azul. Y tenía un pequeño pomo. Si no hubiese sido por lo dantesco de la situación, probablemente me habría parecido incluso adorable. Me coloqué a corta distancia y la observé. Tenía algo que me hipnotizaba. Me mantuve allí más minutos de los que pueda recordar. Entonces observé que alguien golpeaba desde dentro.

...

La otra noche me senté en la cama a leer (soy una de esas personas que no saldría de su cama en todo el día y no precisamente para seguir durmiendo, disfruto haciendo cada pequeña cosa en ella, incluso comer... Mi cama es mi planeta, mi ínsula Barataria). Apoyé la espalda en la pared, dejé colgar mis pies como si fuera una niña pequeña y agarré con solemnidad el tomo entre mis manos. Me olvidé de los ruidos exteriores (en realidad no había ninguno, mi habitación no tiene ventana...), y me dipuse a leer. Mi concentración era absoluta, por ello me costó percatarme. Pero pasados unos segundos, comencé a notarlo. Uuuuuuh. Me extrañé un instante, pero no quise abandonar mi recién inaugurada lectura. Sin embargo, uuuuuuuuuuuuuh. Tuve que apartar el libro y girar la cabeza, dirigir mi oído hacia aquello. ¿Era un susurro? No era posible. Tal vez la televisión de algún vecino. No, esa respuesta no me convencía. El susurro comenzó a crecer progresivamente y para mi alarma, estaba hablándome a mí. ¡Estaba diciendo mi nombre! Corrí al armario, miré debajo de la cama. No había nadie. Y a pesar de todo, seguía oyendo esa voz pronunciándome. Excitada, trasladé la cama de lugar y encontré algo que jamás habría imaginado. Una pequeña puerta.

Se aleja lentamente. De mí, del espacio, de lo conocido. Me gustaría preguntar por qué, pero temo alzar la voz, escucharme y que sea real. Mientras me mantenga contra la pared, podrá ser sólo parte de mi imaginación. Pero se aleja.

El charlatán

Decían muchas cosas sobre él. Decían que era un buen hombre, decían que hacía reír, pero sobretodo, decían que no paraba de hablar. Era un auténtico charlatán, de ésos a los que jamás podrías imaginar con la boca cerrada. Su gesto era exagerado y casi teatral, sus ojos permanecían siempre muy abiertos, en consonancia con los movimientos de sus labios. Mis hijos pequeños estaban atemorizados, no comprendían que era un bufón, un buen hombre, pero un charlatán que nos entretenía a todos con sus historias. Si te encontrabas un poco desanimado, si el trabajo aquella jornada te hacía odiar a todo el mundo, te acercabas al bar (siempre estaba en la barra) y una de sus historias te alegraba la mañana. Pero cambió. Nadie supo jamás qué provocó la transformación, sin embargo, de la noche a la mañana, dejó de acudir al bar de siempre, dejó de mostrarse alegre y dejó de charlar. Se convirtió en un ser gris que trataba de pasar desapercibido. Yo me acerqué en un par de ocasiones a su casa, a ver cómo se encontraba, no me terminaba de creer que aquel hombre con el que todos habíamos reído hasta llorar se hubiese desvanecido tal cual. Pero mis ojos me ofrecieron la prueba. Su rostro se había llenado de vacíos y su boca había empequeñecido. Le pregunté '¿cómo andas?' más de una vez y su respuesta fue un simple encoger de hombros. No quise molestarlo más. Algunos dijeron que se había secado, que se había quedado sin nada que decir tras agotarlo todo. Tal vez había llegado al límite. Supongo que todos lo tenemos.

En plena noche

Se levantó de un sobresalto, empapado en sudor. El pulso totalmente turbado. Mientras era consciente de que su respiración se elevaba por encima del resto de sonidos nocturnos, y trataba de incorporarse, tuvo un presentimiento. Sentía que algo no iba bien. Se incorporó y colocando la mano en el pecho, trató de apaciguarse.Un minuto más tarde, volvía a recuperar el aliento y oyó ruido a lo lejos. Extrañado más que preocupado, abandonó su habitación para descubrir de dónde procedía el tumulto. La casa estaba completamente a oscuras, sólo se divisaba luz al final del pasillo. Prefirió mantener la escasez de luz y caminó con cuidado, a tientas, evitando tropezarse. Al fin alcanzó el umbral de la puerta del salón, de donde parecían llegar las estridencias. Lentamente, con temor, atravesó la puerta y llegó a la claridad. Y cuál fue su sorpresa al descubrir a su familia en pleno banquete. Los miró detenidamente. Una enorme mesa repleta de platos irresistibles e inconmensurablemente grandes. Cubiertos de plata cuyo brillo resultaba cegador. Personas más similares a maniquíes con piezas movibles que a seres humanos. ¿Estaba seguro de que fuera su familia? Se parecían mucho, sí, y estaban en su hogar para más inri, pero había algo distinto en ellos. Llevaban unos vestidos blancos, inauditos, como de otra época. Pero aún peor, sus rostros se le antojaban distorsionados, sus miradas estaban perdidas. Emitían sonidos que no tenían ninguna coherencia. Comenzó a ponerse nervioso, miró hacia la derecha, hacia la izquierda, hacia los rincones, buscando alguna pista que le permitiera entender qué estaba pasando. Cerró los ojos, tan sólo dos segundos, y al abrirlos, reconoció un objeto del que estaba seguro no haber visto un minuto atrás. Una burbuja. Una enorme y cristalina burbuja. Y su familia se hallaba dentro. Como si tal cosa, cenaban, charlaban, se movían en su interior. Su madre, su padre, su hermana y su ancianísima abuela se dedicaban a realizar la función. Él no entendía nada, se acercó con temor al continente, que se hallaba entre los muebles, como uno más, y la tocó. Primero con un dedo, luego con varios, posteriormente, con toda la palma de la mano. Estaba congelada, casi sintió dolor al rozarla. Aún así, dio un golpe brusco, esperando alguna respuesta desde dentro. Sin embargo, nada pasó. ‘¡Eh!’ dijo con desprecio. Y nada sucedió. Volvió a gritar, pero dando un golpe esta vez, y ninguno de los miembros de la burbuja se inmutó. ‘¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaah!’ ahora fue un ahogado alarido. ‘¡Eeeeeeeeh, acaso no me oís!’ chilló casi quedándose sin aliento. Él comenzó a impacientarse, a sentirse abrumado. No deseaba más que recibir la atención de sus familiares un segundo, sentir que todavía se hallaban con él. Empezó a aporrear el exterior de la burbuja, con ambas manos con ansiedad, con la angustia más absoluta. Continuadamente, dejando toda su fuerza en ello. No pudo evitar dejar caer unas lágrimas. ‘Por favor, estoy aquí, ¿¿¿ES QUE NO PODÉIS OÍRME???’ vociferó perdiéndose. Pero a esto le siguió el silencio, y con el silencio, la nada.