Aquélla era una noche como otra cualquiera. Había llegado del trabajo, había preparado la cena, la había colocado rápidamente en el comedor y todos se habían reunido en torno a ella. La cena era su momento favorito del día porque sentía que podía descansar, que podía sentarse sin preocuparse de que la hora se viniera encima y porque era la única ocasión a lo largo del día en que se reunían los cinco. Ella, Antonio y uno de sus hijos trabajaban; los otros dos, se pasaban la tarde en la facultad. En silencio, se dedicaba a contemplar la escena y se sentía feliz, sentía un inmenso gozo por dentro, difícil de describir. Era lo que había deseado desde niña, crear una familia a la que cuidar, a la que proteger. Sonreía sin decir nada, porque no hacía falta. Pero aquella noche no se sentía tan dichosa. Aquella noche observaba callada cómo sus hijos y su marido comían la cena que ella misma había preparado con indiferencia, con distancia, como si ella no estuviese allí. Había tenido un día duro en la oficina, eso era todo.
Terminaron de cenar y todos los miembros de la familia corrieron a sentarse en el sofá a ver cierto programa en la televisión. Ella se dedicó a recoger los platos y lavarlos mientras tanto. En otra ocasión, le habría molestado que nadie se ofreciese a ayudarla, pero aquella noche, le dio igual.
Marchó al salón y en el quicio de la puerta sintió el alboroto y el ruido de las voces de los cuatro. No oyó palabras, tan sólo el estruendo de las voces unidas. Miró el reloj. Las manecillas marcaban las doces y cuarenta de la madrugada. Miró a su alrededor buscando una excusa con la que salir. Abrió la puerta de la entrada y se dispuso a marcharse cuando escuchó a Antonio.
- ¿Marisol, adónde vas?
- Voy a sacar la basura, empieza a oler mal.
Agarró las dos bolsas de basura del cubo y salió sin decir más.
Dejó las bolsas en el contenedor y se quedó quieta en el silencio de la noche. Sacó de su bolsillo una cajetilla de tabaco y se encendió un cigarrillo. Se disponía a inhalar cuando una joven apareció corriendo y chocó contra ella. El cigarrillo cayó al suelo, Marisol le lanzó una mirada de irritación, pero la joven ni siquiera se giró. La observó durante un minuto, con su paso apresurado, como huyendo de un monstruo. Se preguntó que la movería a correr así, de quién se estaría escondiendo, por qué. Al menos aquella joven sabía qué le atemorizaba, ella no. Se había levantado con la sensación de que algo no marchaba bien, había intentado ignorarlo, pues tal vez así desapareciera, pero no había servido de mucho. Seguía sintiendo ese vacío dentro de sí y probablemente no fuera a desaparecer. Sacó otro cigarrillo y se dispuso a fumar. Aunque ya no le apetecía, le daba igual, como todo lo demás.
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