Mientras esperan

Todos esperan expectantes en el salón. Ella oye el barullo de copas, risas y charla. Todos parecen animados, pero saben que falta algo. Falta su entrada triunfal. Su sonrisa refutando que lo ha conseguido. Se retoca la caída del vestido y se toca el cabello. Se echa la última mirada al espejo y se descubre como siempre. Suspira resignada. Gira la cabeza y vuelve a observarse. Sin respirar, sin pensar. Sólo se mira. Y su imagen, delimitada, se mezcla con el fondo de la habitación, como cuando una palabra se repite demasiadas veces y deja de tener sentido. ¿Tal vez ella ha dejado de tenerlo? No se mueve, ni siquiera arquea la ceja. Mantiene una lucha con la mujer que ve frente a sí, ella tiene que ganar esa batalla, ha de encontrar algo real. El tiempo se para, se le vuelve eterno y silencioso. Su ensimismamiento es roto, escucha cómo la llaman desde lo lejos. Hace el amago de cruzar el umbral pero no puede hacerlo. Una fuerza paraliza sus piernas. Agacha la cabeza pensativa. Espera una señal, un nombre que le diga algo, tal vez un escalofrío. Se provoca el llanto. Llorar siempre le hace sentirse viva. Pero nada. Nada sucede. Sólo el vacío.

Hoy no quiero lloros, ni lamentaciones, no quiero penas, ni angustias, no quiero soledad, ni hecatombes. Sólo quiero olvidar y creerme que soy una persona. Construir una vida de banalidades y rutinas. Nimiedades y alegrías. ¿Es eso mucho pedir? Probablemente.

Una tarde de domingo lúgubre, teñida de gris a causa de la lluvia. Parece que cuando llueve tenemos más derecho a ser desdichados, se nos perdona la melancolía. No sucede lo mismo cuando sale el sol. Nos acusan de cometer un grave crimen si somos capaces de llorar cuando los rayos del mismo nos acechan. No lo entiendo porque odio el sol, cuando se apuesta nuestras carencias son más evidentes, están más expuestas.

They wanted to say things, but they weren’t able to express them. They could spend hours and hours looking at each other but those words just wouldn’t come out of their mouths. They felt lonely, maybe that was it. Only that. They wanted to say things, but they weren’t able to express them. They could spend hours and hours looking at each other but those words just wouldn’t come out of their mouths. They felt lonely, maybe that was it. Only that.

Drive

“¿No tienes quién que te lleve a casa?” le había preguntado él con cierta ingenuidad al verla junto a la salida de ese bar de mala muerte del que también él había escapado, con mirada de pánico y dientes chirriantes. Ella ni siquiera fue capaz de articular palabra, tan sólo sacudió la cabeza con timidez. No entendía qué podía estar haciendo una chica como ella allí sola. Debía de tratarse de algún malentendido, eso sin duda. “Sube, yo te llevo” dijo sin recapacitar. Con la cabeza gacha ella se introdujo en el coche. La observó con más detenimiento, tez pálida, ojos grandes y claros, cabello castaño, su imagen era angelical. Había algo en ella que propiciaba pensar que fuese incapaz de ninguna maldad, que se tratara de un alma bondadosa. El vehículo comenzó a circular. A pesar de que él era quien le hacía el favor a ella, temía hablarle por si pudiera ofenderla. Siguió en línea recta y sólo se le ocurrió un “¿qué hacías ahí sola?”. Ella giró la cara y miró por la ventana. Creyó oírla llorar. Algo violento, encendió rápidamente la radio, para proporcionarle algo de intimidad. No entendía muy bien qué estaba pasando, pero intuía que esta pobre chica se encontraba en problemas. Intentó sintonizar una cadena y la primera en dejar de chirriar fue una de esas de éxitos de los ochenta. Sonaba Drive de The Cars. ¿Quién va a llevarte a casa esta noche? Aquello parecía una broma pesada. “¿Y bien?” preguntó él. Ella tornó la cabeza hacia él y preguntó extrañada “¿Y bien qué?”. “¿Adónde te llevo, dónde vives?”. Y ella respondió evitando su mirada “esta noche será tu casa”.

Y nada cambia

Los días han pasado y nada ha cambiado. El desorden del dormitorio continúa creando su propia estructura interna, la bombilla no ha cesado de parpadear provocándole mareos cada media hora y el silencio es infinito. Absoluto. Espeluznante. Si deja de hablar para sí en su cabeza, no hay nada más que mutismo. Él pensaba que si dejaba el tiempo pasar, si miraba fijamente a la pared, algo cambiaría. ¿Es que acaso todo depende de él? Esperaba que no fuera así aunque mucho se temía que estaría equivocado. Ya es de noche; el cielo, sin embargo, está gris. Qué irónico le parece. “Mañana tendré que levantarme, ducharme e ir al trabajo. Comer y hacer vida normal” se dice. Agacha la cabeza y se responde “entonces mañana lo pensaré”.

Durante la espera

Sabe que está a punto de llegar y oscurece la habitación. Se quita la camisa y la falda y las lanza al vacío. No lo hace con suficiente energía, las coge y vuelve a arrojarlas como si no hubiese sido algo premeditado, tratando de marcar el ardor que supuestamente le embarga. Suspira no demasiado satisfecha pero mira el reloj y se percata de que no dispone de demasiado tiempo. Dirige una mirada fugaz al espejo donde encuentra un reflejo de sí misma en ropa interior. Hace poses inverosímiles tratando de descubrir su aspecto más atractivo. No le apetece plantearse si le gusta la imagen al otro lado y decide tumbarse. Se prepara sobre la cama. ¿En qué posición debería esperarle? ¿Simplemente tumbada como si nada? ¿Tal vez de lado marcando pecho? Se siente completamente ridícula. Y está convencida de que la situación lo es. Cuando Alberto y ella se conocieron no tenían que planificar los momentos de intimidad, simplemente sucedían y continuamente. Sus cuerpos estaban en incesante efervescencia y sólo necesitaban mirarse para desearse y tenerse. Con los años, la rutina, el trabajo y el cansancio en general fueron mermando la efusión. A ella no le preocupaba en exceso, suponía que era algo corriente dentro de la vida de una pareja. Se sentía bien, satisfecha. Algunos aspectos de su relación habían disminuido, pero al mismo tiempo, sido reemplazados por otros. Eran felices, ¿es que eso no era suficiente? Evidentemente no le preocupó hasta que él vino a reprocharle que ya no se cuidaba ni le atendía cómo precisaba. Lo cierto es que se sintió bastante indignada, en aquella pareja él no era el único que tenía necesidades, pero parecía que las de él primaban sobre las de ella. Así que, sin pensarlo demasiado, acudió a una tienda de lencería y se compró un conjunto elegante (se negaba a adquirir uno de ésos más parecido al que llevaría una joven en una película porno), preparó la habitación y decidió esperarle en una pose invitadora. Y allí estaba, sintiéndose grotesca en su propia cama. Comenzó a sentir un poco de frío, se abrigó con los brazos y miró hacia el reloj de la mesilla. Qué extraño, Alberto ya se retrasaba. Tal vez se hubiera quedado con los compañeros tomando algo. Oh, no, había olvidado comprar las cebollas para el guiso de mañana. ¿Debería llamarlo para pedirle que se pasara por el supermercado? Adelantó el cuerpo para abandonar su posición y en ese preciso instante, divisó su reflejo. Fue como si se mirase por primera vez. Y sintió ganas de llorar.