Tedio

El despertador suena como cualquier otra mañana. Alargo el brazo con la intención de derribarlo y disfrutar de cinco minutos más de descanso que se convierten en un par pues no soporto la idea de llegar tarde. Me levanto sigilosamente de la cama, con los años he conseguido controlar mis movimientos para que no se percate ni siquiera de que me incorporo. Una vez en pie, en la oscuridad, no puedo evitar contemplarla. Me gustan sus ojos mientras duerme. También sus labios contraídos como si dormir le supusiese un esfuerzo. Y sonrío como un gilipollas. Me dirijo a la cocina y allí enciendo la cafetera. El último modelo que adquirimos (en realidad fue un regalo de su madre) es increíble, prepara café en cuestión de dos minutos. Aprovecho ese tiempo para ir al baño y echarme agua en la cara y mirarme en el espejo. ¿Por qué será que cada lunes me asemejo tanto a un despojo humano? El café ya está listo y me siento en la cocina a saborearlo. Me lo tomo a pesar de que en cuanto llegue a la oficina me tomaré otro con los compañeros y tal vez unos churros. Lo bebo a pesar de que hoy no sabe a nada. Corro a vestirme y a terminar de asearme. Me vuelvo a mirar en el espejo y el traje no me sienta bien. Es extraño, porque es mi favorito, el infalible. Me aseguro de que he cogido todo lo que necesito y atravieso la puerta. Ha comenzado a salir el sol y el día parece más gris que nunca. Llega la hora del trabajo. Los compañeros hacen los mismos comentarios simples de siempre (aunque el viernes no me lo parecían) y las tareas del día me aburren sobremanera. Oh, no, ha vuelto a suceder.

El letargo

Cuando tomó la decisión, todos intentaron disuadirla. Sabían que había pasado por un shock importante (las pérdidas siempre lo son), pero esperaban que pudiera reponerse. Primero fueron consejos, luego ruegos. Todos le advirtieron que hacerlo no haría más que acentuar el dolor y que acabaría convirtiéndose en un fantasma, dejando de sentir poco a poco. Pero a ella no le importó.

Le habían explicado cómo hacerlo. Parecía más sencillo en las instrucciones escritas en aquel papel de periódico. Lo que no le predijeron fue la punzada de dolor que le inundaría toda la garganta y los ojos. Colocó el cofre a su lado y miró al vacío a modo de preparación. No necesitó valor, cuando se deja de sentir, el temor no existe. Se clavó el objeto con fuerza en la garganta y cayó al suelo inconsciente. En cuestión de segundos, su voz y sus recuerdos quedaron almacenados en aquel pequeño recipiente.

Al despertar, efectivamente, no era más que una sombra de aquella que había sido. Sus recuerdos no eran más que una nebulosa inexistente en su cabeza. A pesar de que no recordaba nada, agarró el joyero con nervio, una fuerza invisible los unía, y sabía que por algún motivo, debería mantenerlo cerca de sí misma.

Tras el incidente, muchos de sus conocidos no pudieron soportar verla en aquel estado de letargo. Sentían que aquella persona llena de vida y de historias se había disipado para siempre. Tan sólo uno de ellos quiso recordar firmemente sus palabras “No me queda nada en que pensar ni nada que decir, pero tal vez eso cambie, y si es así, volveré a ser la de siempre. Ya no depende de mí” y esperar.

Mientras esperan

Todos esperan expectantes en el salón. Ella oye el barullo de copas, risas y charla. Todos parecen animados, pero saben que falta algo. Falta su entrada triunfal. Su sonrisa refutando que lo ha conseguido. Se retoca la caída del vestido y se toca el cabello. Se echa la última mirada al espejo y se descubre como siempre. Suspira resignada. Gira la cabeza y vuelve a observarse. Sin respirar, sin pensar. Sólo se mira. Y su imagen, delimitada, se mezcla con el fondo de la habitación, como cuando una palabra se repite demasiadas veces y deja de tener sentido. ¿Tal vez ella ha dejado de tenerlo? No se mueve, ni siquiera arquea la ceja. Mantiene una lucha con la mujer que ve frente a sí, ella tiene que ganar esa batalla, ha de encontrar algo real. El tiempo se para, se le vuelve eterno y silencioso. Su ensimismamiento es roto, escucha cómo la llaman desde lo lejos. Hace el amago de cruzar el umbral pero no puede hacerlo. Una fuerza paraliza sus piernas. Agacha la cabeza pensativa. Espera una señal, un nombre que le diga algo, tal vez un escalofrío. Se provoca el llanto. Llorar siempre le hace sentirse viva. Pero nada. Nada sucede. Sólo el vacío.

Hoy no quiero lloros, ni lamentaciones, no quiero penas, ni angustias, no quiero soledad, ni hecatombes. Sólo quiero olvidar y creerme que soy una persona. Construir una vida de banalidades y rutinas. Nimiedades y alegrías. ¿Es eso mucho pedir? Probablemente.

Una tarde de domingo lúgubre, teñida de gris a causa de la lluvia. Parece que cuando llueve tenemos más derecho a ser desdichados, se nos perdona la melancolía. No sucede lo mismo cuando sale el sol. Nos acusan de cometer un grave crimen si somos capaces de llorar cuando los rayos del mismo nos acechan. No lo entiendo porque odio el sol, cuando se apuesta nuestras carencias son más evidentes, están más expuestas.

They wanted to say things, but they weren’t able to express them. They could spend hours and hours looking at each other but those words just wouldn’t come out of their mouths. They felt lonely, maybe that was it. Only that. They wanted to say things, but they weren’t able to express them. They could spend hours and hours looking at each other but those words just wouldn’t come out of their mouths. They felt lonely, maybe that was it. Only that.

Drive

“¿No tienes quién que te lleve a casa?” le había preguntado él con cierta ingenuidad al verla junto a la salida de ese bar de mala muerte del que también él había escapado, con mirada de pánico y dientes chirriantes. Ella ni siquiera fue capaz de articular palabra, tan sólo sacudió la cabeza con timidez. No entendía qué podía estar haciendo una chica como ella allí sola. Debía de tratarse de algún malentendido, eso sin duda. “Sube, yo te llevo” dijo sin recapacitar. Con la cabeza gacha ella se introdujo en el coche. La observó con más detenimiento, tez pálida, ojos grandes y claros, cabello castaño, su imagen era angelical. Había algo en ella que propiciaba pensar que fuese incapaz de ninguna maldad, que se tratara de un alma bondadosa. El vehículo comenzó a circular. A pesar de que él era quien le hacía el favor a ella, temía hablarle por si pudiera ofenderla. Siguió en línea recta y sólo se le ocurrió un “¿qué hacías ahí sola?”. Ella giró la cara y miró por la ventana. Creyó oírla llorar. Algo violento, encendió rápidamente la radio, para proporcionarle algo de intimidad. No entendía muy bien qué estaba pasando, pero intuía que esta pobre chica se encontraba en problemas. Intentó sintonizar una cadena y la primera en dejar de chirriar fue una de esas de éxitos de los ochenta. Sonaba Drive de The Cars. ¿Quién va a llevarte a casa esta noche? Aquello parecía una broma pesada. “¿Y bien?” preguntó él. Ella tornó la cabeza hacia él y preguntó extrañada “¿Y bien qué?”. “¿Adónde te llevo, dónde vives?”. Y ella respondió evitando su mirada “esta noche será tu casa”.