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Se sentó frente al ordenador, su mejor amigo, su mayor enemigo. Se dejó cegar por la luz blanca de la pantalla e intentó buscar dentro de sí misma. Una palabra, una imagen, algún recuerdo. Algo. Cualquier cosa que le inspirase. Había dejado de lado escribir hacía mucho tiempo y sabía que había llegado el momento de volver a intentarlo. Era el momento. O ahora o nunca. Había surgido aquella oportunidad y no podía desperdiciarla. No lo entendía, nada se le venía a la mente. ¡Si sólo tenía que escribir sobre sí misma! ¡Cómo era posible que estuviera tan parca de ideas! Mantuvo su mirada fija durante unos instantes y decidió que no se daría por vencida. Había perdido muchas batallas, demasiadas, pero en aquella ocasión, no se dejaría vencer.
Era tan ridícula. Su comportamiento había sido completamente ridículo e irracional. Deseaba poder hacer desaparecer todo aquello. Deseaba poder desaparecer ella misma.
Se miró al espejo y no se reconoció a sí misma. Al otro lado del reflejo encontró una masa deforme, sin color ni brillo. Volvió a mirar, esta vez atentamente, y percibió el miedo, la tristeza y la falta de ganas de simplemente vivir. Ya no entendía nada. Sólo sabía que aquella mujer que veía no era ella. Ella jamás había sido así. Se había transformado en un ser repulsivo. De pronto se le vinieron a la mente recuerdos que había tratado de ocultar demasiado tiempo. Los recuerdos comenzaron a aniquilarla poco a poco. Eran esas imágenes las que habían ido invadiendo sus sentimientos hasta convertirla en un ser gris. Dudó si luchar contra esos manchas asesinas. No tenía ningún sentido luchar contra eso. La batalla ya había sido ganada.
Allí, en el umbral de la puerta contempló el salón lleno de gente. Se habían congregado allí todos sus amigos, conocidos, compañeros del día a día. Suspiró profundamente ante la perspectiva de volver junto a ellos. Agarró con fuerza el vaso que sostenía y trató de sostenerse a sí misma aún más fuerte. Ensayó su acostumbrada sonrisa para sí y se dispuso a marchar hacia la compañía. Cuando dio el primer paso en esa dirección se percató de algo. Le llegó como un zumbido, como un relámpago, como algo insólito y potente. No quería estar allí. Lo último que deseaba era volver a fingir que estaba bien, que estaba contenta, relatar con una sonrisa inexistente sus últimos logros y cómo había alcanzado ese equilibrio que todos buscan en la vida. En definitiva, estaba cansada de mentir e inventarse a sí misma y una vida ficticia. Las palabras que salían de sus labios ya no tenían sentido más que para ella misma, no tenía ninguna intención de dar las explicaciones pertinentes. Ya estaba harta. Había llegado el momento de olvidarse de las burbujas de humo que la rodeaban. Simplemente daría la vuelta, saldría por la puerta, buscaría un hueco entre dos coches y se sentaría a mirar nubes en el cielo.
Me inunda el peor de los cansancios y la mayor de las frustraciones. No sé qué es verdaderamente peor. El primero es físico y palpable, no obstante, la segunda está dentro de mí y a veces me oprime. Siempre tuve claro en qué consistía ser yo misma, pero ahora me contemplo detenidamente y no puedo encontrar una correspondencia real entre aquella que fui y ésa que soy hoy. No sé si el tiempo me hizo cambiar o simplemente nunca fui como verdaderamente pensaba. Todas esas pequeñas ideas son en realidad minúsculas y carecen de sentido en cualquier lugar que no sea mi cabeza. Puede que simplemente me esté volviendo loca. El borde del precipicio cada vez parece estar más cerca y ser más abismal. Si caigo por ahí no tendré tiempo a recapacitar, sólo observaré cuán larga será la caída y prestaré atención por si oigo el sonido de los pájaros. Éste siempre me acompañó, ¿por qué no debería entonces estar en ese preciso instante?
No paraba de repetir "Dios mío, no me abandones. Dios mío, no me dejes aquí sola". Lo hacía con las palmas de las manos unidas, a modo de rezo, a modo de cántico, con los ojos enjugados en lágrimas de emoción. Lo sentía muy dentro de sí, muy intenso, con una gran fuerza. "Dios mío, no me abandones" eran las únicas palabras que salían de sus labios. Cayó al suelo y olvidó dónde se encontraba, olvidó el momento preciso e incluso se olvidó de su propia existencia. Tan sólo conocía unas palabras, tan sólo era consciente de "Dios mío, no me abandones. Dios mío, no me dejes aquí sola".
Ya era hora. Ya empezaba a ser el momento de que aceptara la realidad y dejara de soñar despierta, que dejara de vivir en aquel mundo que ella se había creado para evitar pensar. Él no la quería. Al menos como ella necesitaba que la quisiera. Así que hizo de tripas corazón y agarró la pequeña estaca que se le había clavado en el corazón con las dos manos, muy fuertemente, y la sacó. Comenzó a perder un poco de sangre, pequeñas gotas, pero sabía que era cuestión de tiempo que dejara de sangrar.