Todo de lo que dispongo es una burbuja. La mantengo entre mis dedos, con la palma de la mano bien abierta, con temor a romperla. Es frágil y transparente. Pequeña y grande a la vez. Su brillo fulgura en mis ojos y me gustaría como ser como ella. Todo sería más fácil. No habría nada que hacer, todo estaría decidido. Tengo la tentación de cerrar mis dedos y descubrir cuánto cede mi esfera. En el fondo, deseo con todas mis fuerzas que la burbuja sea fuerte, demuestre que no es una simple pompa de jabón, que no sólo es bonita y resplandeciente.

Abrió la puerta del apartamento y sintió el frío de la soledad. Y el silencio. No sabía cuánto tiempo había estado fuera, parecía que hubiesen pasado siglos. Tal vez. Lo cierto es que no recordaba la fecha en que dejara atrás su casa, su infancia, sus recuerdos. Éstos volvieron de pronto como una ráfaga de viento helada e inesperada. Se abrazó fuertemente a sí misma. Respiró hondo y casi sintió ganas de llorar. De pronto se dio cuenta de qué significaba volver y no estaba segura de estar preparada para asumirlo. Las circunstancias habían la habían obligado, claro, su madre estaba enferma y ella tenía la obligación de acudir a verla. Pero eso no implicaba que le apeteciera estar allí y tener que ser la hija que había sido antes. Se apoyó en la pared del apartamento, junto a la puerta y dejó caer su cuerpo lentamente. Suspiró. Ya nada parecía cobrar sentido. Había evitado tantos años aquella precisa situación… Sabía que se verían, ella le daría los dos besos de rigor, le dedicaría una sonrisa veloz y amable y fingiría que su vida era aquella con la que había soñado siempre, aquella por la que había abandonado aquel lugar y a él. Le preguntaría cómo iba todo y cerraría el puño con fuerza, sin que nadie se percatara cuando él hablase de su nueva familia o de sus proyectos. No tenía más remedio que continuar con su vida, era lo que se esperaba de ella, aunque ella hubiera dejado claro en el pasado que de ella, no cabía esperar nada.

Empezaba a estar aburrido de tantos miedos y tantos obstáculos. Se vio a sí mismo, de pronto, absurdo y patético. Qué sentido tenía cuestionárselo todo, meditarlo, programar cada paso mentalmente. Con tanta introspección, con tanta reflexión había terminado por olvidarse de lo más importante: vivir. Y vivir no significaba huir, hacer la maleta y correr a protagonizar aventuras, enamorarse de una prostituta o conocer a personajes peculiares, dignos de una novela más que de la realidad. Vivir era simplemente eso, vivir. Enfrentarse a su imagen en el espejo cada mañana, aceptar a los individuos que le rodeaban cada día, intentar disfrutar los pequeños detalles que conformaban su tan poco apreciada existencia.

Giró el pomo y cerró la puerta de la habitación. Se quedó solo en su pequeño mundo. Rodeado de escasos muebles, multitud de libros e inmensos recuerdos. Algunos habían tenido lugar allí mismo, otros habían sido resultado de su imaginación. Su imaginación volaba. Siempre le había llevado lejos, tan lejos como había deseado. Al cerrar la puerta, había dejado atrás los ruidos que llegaban del salón. Detestaba aquellas escandaleras, la televisión a todo volumen, el griterío de esas personas que compartían su hogar y se suponía que eran su familia. Se suponía que lo eran, pero en realidad no eran más que unos extraños que tenían el mismo apellido que él y la misma dirección postal. Suspiró, una vez en su cuarto, no tenía nada que temer. O puede que tuviese que temerlo todo. Agarró su cuaderno, se acurrucó en un rinconcito y se dispuso a escribir. Había comenzado a narrar un relato sobre un chico de veinte años, que vivía en una pequeña ciudad y que lo dejaba todo para vivir la vida que siempre había soñado. No era la primera vez que escribía una historia así. De hecho, siempre era la misma. Tal vez cambiaban los personajes, los paisajes o los destinos, pero al fin y al cabo, siempre hablaba de sí mismo y de su infelicidad. Odiaba su vida, la odiaba desde que tenía uso de razón. Y se odiaba a sí mismo porque era consciente de que nunca tendría el valor ni las agallas para marcharse. Lo curioso era que nada le ataba realmente, nada que le importara, pero no podía. Simplemente no podía hacerlo.

Entre vías 02

Aquélla era una noche como otra cualquiera. Había llegado del trabajo, había preparado la cena, la había colocado rápidamente en el comedor y todos se habían reunido en torno a ella. La cena era su momento favorito del día porque sentía que podía descansar, que podía sentarse sin preocuparse de que la hora se viniera encima y porque era la única ocasión a lo largo del día en que se reunían los cinco. Ella, Antonio y uno de sus hijos trabajaban; los otros dos, se pasaban la tarde en la facultad. En silencio, se dedicaba a contemplar la escena y se sentía feliz, sentía un inmenso gozo por dentro, difícil de describir. Era lo que había deseado desde niña, crear una familia a la que cuidar, a la que proteger. Sonreía sin decir nada, porque no hacía falta. Pero aquella noche no se sentía tan dichosa. Aquella noche observaba callada cómo sus hijos y su marido comían la cena que ella misma había preparado con indiferencia, con distancia, como si ella no estuviese allí. Había tenido un día duro en la oficina, eso era todo.

Terminaron de cenar y todos los miembros de la familia corrieron a sentarse en el sofá a ver cierto programa en la televisión. Ella se dedicó a recoger los platos y lavarlos mientras tanto. En otra ocasión, le habría molestado que nadie se ofreciese a ayudarla, pero aquella noche, le dio igual.

Marchó al salón y en el quicio de la puerta sintió el alboroto y el ruido de las voces de los cuatro. No oyó palabras, tan sólo el estruendo de las voces unidas. Miró el reloj. Las manecillas marcaban las doces y cuarenta de la madrugada. Miró a su alrededor buscando una excusa con la que salir. Abrió la puerta de la entrada y se dispuso a marcharse cuando escuchó a Antonio.

- ¿Marisol, adónde vas?
- Voy a sacar la basura, empieza a oler mal.

Agarró las dos bolsas de basura del cubo y salió sin decir más.

Dejó las bolsas en el contenedor y se quedó quieta en el silencio de la noche. Sacó de su bolsillo una cajetilla de tabaco y se encendió un cigarrillo. Se disponía a inhalar cuando una joven apareció corriendo y chocó contra ella. El cigarrillo cayó al suelo, Marisol le lanzó una mirada de irritación, pero la joven ni siquiera se giró. La observó durante un minuto, con su paso apresurado, como huyendo de un monstruo. Se preguntó que la movería a correr así, de quién se estaría escondiendo, por qué. Al menos aquella joven sabía qué le atemorizaba, ella no. Se había levantado con la sensación de que algo no marchaba bien, había intentado ignorarlo, pues tal vez así desapareciera, pero no había servido de mucho. Seguía sintiendo ese vacío dentro de sí y probablemente no fuera a desaparecer. Sacó otro cigarrillo y se dispuso a fumar. Aunque ya no le apetecía, le daba igual, como todo lo demás.

Entre vías

Sabía que no era un buen momento para él, pero sin pensarlo dos veces, tocó el timbre. No lo hizo tímidamente, ella nunca hacía nada de manera modesta, alargó el brazo con fuerza y, con decisión pulsó el artefacto.

Hubo una pausa, que ella sintió eterna, lanzó un alargado suspiro, y entonces oyó respuesta. La voz de él sonó ronca y cansada, como si acabara de despertar de un profundo sueño.

- ¿Sí?
- Soy yo, Laura.- Intentó parecer casual, alegre e indiferente.- Estaba por la zona y he pensado que estaría bien venir a saludarte.- Agachó la cabeza como si él pudiera verla a través del telefonillo, esperando a que él dijese alguna palabra.- ¿Puedo subir?

Otra pausa. Carraspeo y tos.

- Sí, claro. Sube.

Abrió el pesado portal, encendió la luz y comenzó a subir los peldaños de aquella escalera que había subido tantas veces. Lo hizo muy despacio, con cuidado, pues una oleada de recuerdos comenzó a inundar su cabeza a medida que avanzaba. Besos apasionados contra la barandilla, algún tropiezo por la madera, un vecino inoportuno…

Por fin llegó al segundo piso, él esperaba en el umbral de la puerta con una mano apoyada en el pomo. Estaba algo despeinado, llevaba la camisa entreabierta y unos vaqueros viejos. Su gesto se mostraba entre molesto y cansado.

- Hola.- Ella hizo el ademán de acercarse a darle un beso.
- Hola.- Él se apartó bruscamente.- ¿Qué haces aquí? Son las doce y media, es un poco tarde, ¿no crees?
- Bueno, sé que trabajas a estas horas y pensé que te alegraría verme.- Miró a otro lado como si sintiera vergüenza de su siguiente frase.- Siempre te ha alegrado verme.
- Sí, pero ahora estoy trabajando. Estoy un poco ocupado.
- ¿Me haces subir para decirme que me vaya?- Se sintió ofendida.
- Anda, pasa.

Caminó hacia el interior del apartamento y se percató de que ya no sabía qué le había movido hasta allí. En casa, mientras pensaba exactamente en cómo iba a producirse su encuentro, todo parecía tener sentido. Las palabras habían surgido espontáneamente en su cabeza, como el guión de una buena película, sin embargo, en ese preciso momento, se sentía ridícula y no se le ocurría qué decir. En el fondo, esperaba y deseaba que fuera él quien la liberase de su angustia y dijese lo que esperaba oír.

Sin más indicaciones, se sentó en el sofá en el que la había poseído tantas veces. Se le hizo un nudo mayor. Él se sentó a su lado y la miró a los ojos, como esperando encontrar una respuesta. Entonces le cogió la mano con suavidad y se la acarició, intentando proporcionarle consuelo.

- Laura, ahora dime, ¿por qué has venido?
Lo miró fijamente. Era el momento, aquél era el momento preciso para soltarle todo aquello que había diseñado su mente, su discurso, sus ideas, sus preguntas. Movió los labios tímidamente, por primera vez en mucho tiempo, y se quedó paralizada. Cuando, por fin, ella sintió fuerzas suficientes para expulsar todo lo que le reconcomía, él se le adelantó.

- Laura, creo que los dos lo sabemos. Ya hablamos de esto. Al menos, lo hice yo, y creo que dejé bastante claro que estas visitas nocturnas ya no tenían sentido.


Le dirigió una mirada de incredulidad y asintió.

- Sí, tienes razón, venir ha sido una tontería. Perdona por molestarte mientras trabajas.

Y prácticamente sin mirar atrás, se levantó con brusquedad, con la misma brusquedad con la que se dirigió a la puerta y la cruzó. No quiso echar una última mirada, simplemente comenzó a correr.

Se sentó frente al ordenador, su mejor amigo, su mayor enemigo. Se dejó cegar por la luz blanca de la pantalla e intentó buscar dentro de sí misma. Una palabra, una imagen, algún recuerdo. Algo. Cualquier cosa que le inspirase. Había dejado de lado escribir hacía mucho tiempo y sabía que había llegado el momento de volver a intentarlo. Era el momento. O ahora o nunca. Había surgido aquella oportunidad y no podía desperdiciarla. No lo entendía, nada se le venía a la mente. ¡Si sólo tenía que escribir sobre sí misma! ¡Cómo era posible que estuviera tan parca de ideas! Mantuvo su mirada fija durante unos instantes y decidió que no se daría por vencida. Había perdido muchas batallas, demasiadas, pero en aquella ocasión, no se dejaría vencer.