La noche es oscura, tan oscura como cabía esperar. Evitaré mirar por la ventana por si lo que me espera fuera es más de lo que pueda soportar. A veces me pregunto si no es más que una ilusión o un sueño. Tal vez no sea más que un juego que el destino cruel ha decidido poner en nuestras manos. La vida. Tantas definiciones absurdas que le sientan como un guante al fin y al cabo. Últimamente divago demasiado. Busco respuestas para preguntas que aún no me he formulado. Cada vez con más frecuencia tengo la sensación de que me encuentro en un punto muerto, que espero que algo ocurra, que una luz me ilumine, no sé, que “algo” pase. Algo que me haga despertar de este sueño tan monótono, algo que me inspire, algo que pueda recordar con facilidad. Observo a los demás y los compadezco porque están perdidos, porque se engañan a sí mismos en muchos casos, dándose oportunidades que no merecen la pena o trazando planes que nunca llegarán a concluir. Los compadezco, siento lástima por ellos, pero ¿no debería ser yo aquélla de la que sintieran lástima? ¿Acaso no estoy yo más perdida que ellos? Pues si ellos están igualmente perdidos, existe un elemento que nos diferencia claramente y es la aceptación del hecho en sí. Soy un ser cómico, en ocasiones creo que simplemente debería esconderme, agazaparme bajo el edredón y esperar a que el sueño eterno viniese a por mí. Todo sería más fácil y la compasión cesaría de una vez por todas.

Una noche

Ella le observaba con curiosidad y en un silencio tan absoluto que parecía estudiarlo más que observarlo. Aunque apoyaba parte de su cuerpo en la cama, el resto estaba en suspenso y arriesgó el equilibrio de su postura para acercarse un poco más a él. Aún estaba dormido. Acarició la punta de su nariz con los dedos y luego su boca. Esbozó una media sonrisa, con timidez, con temor a ser descubierta. Él ni se inmutó, parecía estar sumido en un sueño profundo. No quiso despertarlo, estaba tan tranquilo, tan sosegado. Ella intuía que aquél sería, con toda probabilidad, uno de los pocos momentos en los que de verdad tuviera esa paz. Durante todo aquel tiempo, se había fijado en él, en la distancia, como si no existiera y había percibido una sombra en su gesto, un detalle que anulaba su dicha. Tras esa noche, lo había entendido. Él no se lo había explicado con palabras, a decir verdad, casi no había podido pronunciarlas, su estado de embriaguez había sido importante. Pero su actitud había hablado por sí sola. Había bebido con desesperación, como si no le quedara nada por lo que luchar en la vida. Al mirarlo, la noche anterior, le había recordado a sí misma algunos años atrás. Se había reconocido en él, por eso, no pudo resistirse a abrazarlo. Ella volvió a acercarse a él y esta vez le dio un beso en los labios. Dejó caer su cabeza sobre él y respiró profundamente. Probablemente no volvieran a compartir aquel momento de intimidad nunca más. Aquella noche había surgido como surgen las burlas, los sueños, sin ninguna clase de sentido. Decidió no pensar. Normalmente aquél era su problema, que pensaba demasiado. Lo abrazó e intentó volver a dormirse.

En ocasiones se proponía ser fuerte, más que proponérselo, se convencía de que lo era, pero sólo conseguía creerse la mentira un par de días, tres a lo sumo. Siempre llegaba a ella una imagen de su tan-bien-organizada-vida que derrumbaba el castillo de naipes que había construido. No entendía por qué todo tenía que ser tan difícil, se suponía que los días llegaban a ella, transcurrían y no resultaban una auténtica lucha. Tal vez el problema radicara en que había dejado de creer en sí misma. Durante años había mantenido la pose que, estaba segura, todos deseaban contemplar de ella. Puede que a ella no le convenciera después de todo. Sus pensamientos permanecieron en silencio. Dejó la mente en blanco, procuró concentrarse en la canción de los Beatles que sonaba en su ordenador. A lo mejor encontraría la respuesta ahí… Sí, era una auténtica estupidez. Al menos era bonita. Le transmitía tranquilidad y sosiego. ¿Quién sabe? Tal vez lo mejor fuera dejar de pensar durante unos minutos. O simplemente dejar de pensar.

Ha pasado el tiempo y nada ha cambiado. Las preguntas, la incertidumbre, los balbuceos siguen siendo los mismos, tal vez hayan cambiado las palabras, pero no los conceptos. El manto que le cubre es idéntico, así como el negro de su cielo permanece oscuro. La nebulosa no ha modificado demasiado su tonalidad. Él ha movido los hilos, no ha cesado en su empeño, sin embargo, su celo ha sido en vano, ha sido falso, pues se ha limitado a girar las figuras. No ha ido hacia delante, ni hacia atrás. Simplemente ha dibujado un castillo en el aire una y otra vez, de modo que nunca ha terminado por erigirse. Él ya lo sabía, pero no había sido capaz de admitirlo. No es más que un fraude. Una imagen que proporciona más a la imaginación que al verdadero deleite. Demasiadas expectativas en un frasco que se ha vuelto tremendamente pequeño. Y ya va llegando el momento, él lo sabe, aunque le cuesta admitirlo. Va llegando el momento de hacerse responsable de sus propias fantasías, éstas han venido a rendir cuentas. La puerta se ha abierto en el muro y sólo será capaz de saber qué hay al otro lado, si de verdad tiene algo que ofrecer, si se arriesga y la cruza. Es un cobarde y le da miedo. Le aterra descubrir que sus temores no sean infundados, y que no haya mucho más en él de lo que piensa. ¿Qué haría si se diera esa situación? No podría soportarlo. O sí. Sabe que no hay más que una manera de averiguarlo.

“¿Qué sentido tiene todo esto?” dijo para sí mientras contemplaba el salón abarrotado. Personas y personas que no conocía, con las que probablemente no intercambiaría más que un par de palabras (y eso con suerte), risas y voces estruendosas que no harían más que deseara marcharse, puntos y puntos en el espacio que tan sólo le recordarían lo solo que estaba. Y el espectáculo más lamentable posible, su hermana intentando presentarle a alguna “soltera en condiciones”, como ella solía decir. Odiaba esas conversaciones absurdas que se tienen con mujeres que los demás pretenden que lleves a tu cama, ¿se supone que debes hacerles un test para saber si serán aptas? Resultaba simplemente lamentable, sobretodo, porque nunca daba la talla. La situación le resultaba tan violenta que se ponía a temblar y decía cosas como “una vez de pequeño llené las paredes del baño con mi propia mierda, fue mi primera perfomance”. Aún en el umbral, recapacitó si de verdad deseaba estar allí. Todavía podía marcharse sin que los demás se percataran de su presencia, probablemente no lo harían aunque decidiese entrar. ¡Qué triste! Se había convertido en el ser más triste que conocía. Invisible y desgraciado. Y lo peor de todo era absoluta asimilación de aquello y su autocompasión. Detestaba sentir lástima de sí mismo, pero era inevitable. Cada mañana se levantaba al oír el despertador, pero le daba igual. Realmente no le importaba ir a trabajar o quedarse en la cama, nada le movía a plantearse esa estúpida pregunta. Tal vez hacía ya tiempo sí, hubo algo y alguien. Sí, pero hacía tanto tiempo que no se acordaba. No podía recordar… o tal vez no quería.

Los retazos de una manta

Se había agazapado tras una gruesa manta de recuerdos. Una gruesa manta que ella misma había tejido con paciencia, cariño y dedicación. Al principio no había sido más que un pasatiempo, un modo ocioso de pasar las tardes de lluvia, sin embargo, con el transcurso del tiempo, tejerla se había convertido en una obsesión, en su único motor, tal vez lo único que mereciese la pena. Aquella manta se había convertido en el elemento más real de su vida, el único que parecía hacerle verdadera compañía y abrazarla por las noches cuando se sentía sola. En ella contemplaba pequeños fragmentos, imágenes de una vida que nunca más volvería, retazos de alegrías, retazos de entrega, retazos de mar y retazos de ella misma.
Durante el frío invierno, la manta había sido de gran ayuda, sin embargo, un día llegó la primavera y con ella, la pregunta inevitable pero informulable al mismo tiempo, ¿sería capaz de deshacerse de aquella manta, al fin y al cabo, todo lo que tenía?

Pienso en ti mucho últimamente. Me tumbo sobre el tálamo, mi mejilla acaricia las sábanas y repaso lentamente el modo en que tus dedos tocaban mi cara. Respiro hondamente y me pregunto si tú también piensas en mí y si es así, qué es exactamente lo que se te pasa por la cabeza. Creo que nunca he llegado a entenderte del todo. Ahora me doy cuenta de ello. Eras un fragmento de una imagen creada en mi mente, brochazos de una sensibilidad inexistente, retazos de unos recuerdos que tallé para ti. En realidad no eras más que un espectro que se paseaba ante mis narices, sobrevolaba mis meditaciones, mis corrientes y llevaba la sábana adecuada para cada ocasión. ¿La sábana o la armadura?