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Se iba quebrando poco a poco, muy lentamente y nadie se percataba de su descenso. Agachaba la cabeza y miraba por el rabillo del ojo, preguntándose si de verdad todos estaban tan ciegos, tan inmersos en sus propias infelicidades, que no eran capaces de notar su sonrisa marchita o su voz a punto de extinguirse. Siguió caminando, haciendo un esfuerzo sobrehumano, abrazándose a sí como apoyo, para no caer. Entre risas húmedas, se dio cuenta de lo ridículo de la situación. Siempre igual, siempre tratando de ser lo que los demás pretendían que fuera. ¿Y quiénes eran los de más? Una masa inexistente, con mayor autoridad en su cabeza que en ninguna otra parte. Todo, pero al fin y al cabo, nada.
En el fondo, esperaba que alguien hablara y rompiera el silencio en su lugar, por primera vez. No podía acostumbrarse al silencio. Resultaba más doloroso de lo que había pensado.
Siempre había tenido tantas cosas que decir, tantas, que tenían que pedirle que cerrase la boca. Era una persona de ésas que no soportan los silencios, aunque no resulten incómodos, y que comienza a hablar automáticamente, más que como un mecanismo. Siempre. Siempre había tenido historias que contar, algunas más divertidas, otras tediosas, pero siempre había habido algo. Sin embargo, de pronto, se había callado. No lo había hecho por rebeldía ni porque desease demostrar nada a nadie, simplemente se había quedado sin palabras. Movía los labios, hacía el amago de lanzar una sola palabra al viento y ésta carecía de sentido. No sabía muy bien qué pensar, es más, casi no podía pensar, el impacto aún perduraba. Un pequeño pinchazo bajo el abdomen le oprimía desde entonces, desde que todo cobrara sentido. En ocasiones sólo basta un pequeño detalle para que todas las piezas encajen. Intentaba reflexionar, sin embargo, ninguna palabra parecía la adecuada para definir aquella realidad. Ya eran dos días en el vacío, en el silencio. Comenzaba a acostumbrarse a ese nuevo reino de afonía. Tal vez fuera lo mejor, aceptar el silencio de una vez por todas y seguir adelante con su vida.
Eran las seis, en una hora podría volver a casa. En la oficina sólo se oían las tímidas voces de los que descuidaban el trabajo, el aquí y para allá de los pasos nerviosos que recorrían el pasillo, el sonido casi invisible de la fotocopiadora y el incesante tono de los teléfonos de fondo. De pronto, suspiró y decidió echar un vistazo a su teléfono móvil. Nada. Ni una sola llamada. Ni un rastro de él. Había esperado algún tipo de señal, pero no había habido nada. Una disculpa por cómo le había hablado. No sabía, algo… Pensándolo bien, ella había sido la que había gritado primero, ella había dicho aquellas cosas horribles, ella le había hecho daño a propósito. Pero no pudo evitarlo, ya no podía más. Todo lo que había sentido todo ese tiempo había salido, sin más. Estaba harta, cansada de que siempre fuera SU trabajo, SU estado de ánimo, SU mundo y ella, simplemente, tuviera que sentirse agradecida si le hacía un hueco. Había acudido a él porque había tenido un día horrible, necesitaba consuelo, y en lugar de eso, había tenido que soportar aquella estúpida historia sinsentido. Sí, le había dicho que no era más que un fraude, una decepción, que todos lo pensaban y que si tan duro le resultaba escribir, era porque él mismo lo rumiaba.
- Toma, te he traído un café de la máquina, como te noto muy cansada hoy…
Oh, no, el pesado de Juan había vuelto, para molestarla con sandeces que no vendrían a cuento y retrasar su trabajo.
- Gracias. No tenías qué molestarte.- Agarró el café con antipatía y lo depositó en la mesa.
¿Acaso había sido muy dura con Jorge? Sabía que él estaría destrozado hoy. Tal vez debiera llamarlo ella. El sentimiento de culpa comenzó a inundarla de pronto.
- Tienes mala cara.- Comentó Juan, con su tono habitual, que no se había marchado sino que se había sentado a su lado, muy cerca.
- Gracias.- Exclamó secamente.- No he dormido muy bien esta noche.
- Pareces dispersa hoy.
- Supongo.
- ¿Tienes problemas?
- ¿Te importaría dejarme en paz de una vez?- Gritó y Juan espantado, volvió a su escritorio.
Ella clavó los dedos en el teclado y la mirada en la pantalla y decidió evitar pensar en el resto de la hora.
Basura, basura y basura. Miró sus últimos trabajos y sintió vergüenza de sí mismo. Se levantó para correr hacia el cigarrillo que se posaba en el otro lado de la habitación y dio una fuerte calada, como si fuera la última de su vida o como si fumar, simplemente, fuera a resolver sus problemas. Se agarró del cabello con ira y violencia y lanzó un pequeño alarido. Volvió al ordenador y contempló atento las piezas de nuevo. Tal vez hubiera alguna que considerar aceptable. Con lentitud. Como si la calma fuera a ayudarlo esta vez. No, no había nada. Nada que pudiera salvar. Todo era una auténtica mierda. Volvió a dar una calada a su cigarrillo, esta vez, muy cabreado. Pues sí, todos tenían razón. Comenzó a dar vueltas por la sala. Rápido, cada vez más rápido. Soy una decepción. Todos tenían razón. Soy una decepción. Un mediocre. Me he relajado. Soy un mediocre. No paraba de repetir mientras se precipitaba en círculos. ¡Mierda! Dio una patada a la calefacción. Y comenzó a llorar. Con amargura, casi sin respirar. No se lo había dicho a nadie, pero a veces, cuando estaba muy irritado, no podía evitar verter unas lágrimas. Se acurrucó en sí mismo y se preguntó ¿y ahora qué?
Decidió acurrucarse en la cama, agarrar fuertemente la almohada y dejar que la vida siguiera sin ella, tan sólo una horas. No existirían ni el trabajo, ni los niños, ni Juan, ni siquiera su madre pululando a lo lejos. Sólo estaría ella y un verde prado. Uno puro donde pudiera respirar profundamente sin sentirse contaminada, uno inmenso, en el que mirar y no encontrar nunca un fin. Ya habría tiempo para recuperar sus obligaciones más tarde, tal vez mañana. Al fin y al cabo, sus responsabilidades sí estarían esperándola a ella.
Cuatro individuos se sientan en el mismo banco. Uno lee un libro, otro finge escribir, el tercero mira su reloj de pulsera y el último se limita a observar a los otros tres. No se conocen, no saben de dónde viene cada uno, evitan intercambiar palabras, si comparten miradas lo hacen a escondidas, pero cada día se sientan en el mismo banco. Son cuatro desconocidos que no tienen nada mejor que hacer que acudir cada día al mismo banco. No se han molestado en hablar, en el amago de un gesto amistoso, no obstante, tienen en común más de lo que piensan. Su soledad. En realidad, y aunque no se conocen, no se tienen más que a ellos mismos. Y por eso, cada día, repiten su rutina y acuden y se sientan en el mismo banco. Al menos, así, no se sienten tan solos. Al menos, así, compartiendo soledades, el tiempo pasa más rápido.