Dolor y humo

No sabía muy bien qué estaba pasando a su alrededor. Tan sólo era consciente del dolor que sentía en las piernas y del humo del cigarrillo que estaba fumando. El resto no existía. Estaba sola frente a la nada. El tiempo había pasado. O más bien, había pactado consigo misma no pensar, olvidarse de reflexiones abstractas y dolorosas que no harían más que sumirla en la tristeza. Había encontrado nuevos amigos y un buen puesto de trabajo. No tenía motivos por lo que pensar en él. Volver a él en cuerpo o en alma. Agarró el cigarrillo e inhaló con fuerza sobrehumana, como si se tratara de lo último que pudiera hacer en su vida. El tabaco era el último reducto de su vida anterior. Evitaba caer, pero cada vez lo que hacía se sentía bien. Y volvía a recordar. De pronto, notó lágrimas aflorando en sus ojos. Fumaría, sí, fumaría. No quedaba mucho más que hacer.

Un hombre

Una vez conocí a un hombre. Cada día acudía al mismo banco de cierto parque a no observar. En nuestros primeros encuentros (si es que puedon llamarlos así, pues él no era consciente de que participábamos ambos) no me percaté. Creí que miraba el paisaje, a las personas que corrían, paseaban, hacían vida en aquel parque en definitiva. Pero no. Simplemente mantenía la mirada al frente. Pensé que era un hombre orgulloso, incapaz de agachar la cabeza ante nada. Nunca lo imaginé un individuo atormentado, su aspecto no indicaba nada parecido. Los días transcurrían y no tuve más remedio que sentarme junto a él en el banco. Necesitaba entender qué hacía allí cada día o al menos, intentar ver algo en él. Pasaron días hasta que se dignó a decir hola. Tuve que ganarme el derecho de estar allí junto a él. Por lo tanto, también tuve que obtener con méritos el honor de su conversación. Honestamente, no podría decir que llegamos a mantener ningún diálogo real, sin embargo, los fragmentos de ellos me permitieron llegar más allá de lo que nunca habría pensado. Sus ojos verdes no mostraban mucho más que frialdad, pero sus palabras estaban cargadas de sentido. Aquel hombre no era ni orgulloso, ni fuerte, no era más que alguien que había decidido dejar pasar el tiempo y olvidarse de la vida que había anhelado y que nunca llegaría. Aquel hombre no cesaba de utilizar frases en futuro y, aunque no se encontraba en una edad avanzada, ambos sabíamos que jamás abandonaría aquel banco. Es más, podría arrastrar a cualquiera a su inactividad y a su dejadez ante la vida, como había hecho conmigo, que aventurarse a ser uno de sus sujetos no observados. Conocí a este hombre y sentí pena, rabia y desdicha pues no deseaba volver a tenerlo cerca de mí nunca más.

Un gran muro se levanta lentamente frente a mí. Hago el amago de pararlo, de frenar la formación de sus celdas, pero no es cierto. Quiero que me aislen. Necesito el muro. Ojalá pudieran entenderlo, ojalá pudiera gritar tras él y expresar qué estoy sintiendo, pero no están preparados. No lo comprenderían.

Una imagen

Se dieron un beso y se juraron amor eterno.

No recordaba qué edad deberían de tener cuando se hicieron aquel juramento eterno. Tal vez quince años. No eran más que unos críos. Aún así, recordaba aquella imagen con cariño. Cada vez que se le venía a la mente no podía evitar sonreír. Era su pequeño secreto. Por supuesto, jamás podría contarle algo así a Pedro. Él no entendía esa clase de cosas. Él era un hombre de hechos pero no de promesas ni de romanticismo. En realidad, aquella declaración de principios de la que él presumía no era más que una excusa, ella lo sabía, para no tener que esforzarse. Para que ella no esperara nada. Y nunca lo había esperado. Hasta ahora.

Un recuerdo

La muerte lo cambia todo. Parece que estamos preparados para que un día, sin aviso, llegue el final. Pero es mentira. En el fondo tenemos la esperanza y el temor de que ese día no llegue hasta que seamos viejos o al menos, hayamos cumplido gran parte de los planes trazados. Yo no me di cuenta de esto hasta que cierta tarde en plena conversación insulsa con mi madre, comentó como si se tratara de otro dato más que Sergio Hiniesta había muerto. Al parecer, había ocurrido en un trágico e inesperado (sólo tenía veintiocho años, los mismos que yo, de hecho) accidente de tráfico. Supongo que mi madre nunca imaginó qué impacto causarían sus palabras en mí. Sergio y yo habíamos sido compañeros de clase durante tres cursos, pero no habríamos intercambiado más de tres frases seguidas nunca. Sin embargo, él nunca fue un chico de clase más. Había sido El Chico por excelencia. Era guapo, encantador, inteligente y tenía un gran porvenir. Todas lo admirábamos en secreto y no tan en secreto. Sin embargo, sabíamos que no había nada que hacer. Sergio había tenido una novia inseparable todos esos años, de la que no se separaría hasta un año antes de su muerte. Incluso habiéndome marchado y perdido su pista, nunca dejé de pensar en él. Es más, siempre albergué la esperanza de que con el paso de los años yo volvería de Salamanca, donde había ido a parar, nos reencontraríamos, descubriría la persona tan increíble en la que me había convertido y nos enamoraríamos. Como en la película Sabrina (sí, lo sé, yo no soy ninguna Audrey Hepburn). Pero no. Eso ya nunca sucedería. Su fin le había puesto final a mis fantasías y había abierto un abismo en mi futuro. Sin prácticamente darme cuenta. No tuve tiempo de ir al velatorio, sí al funeral. No derramé una sola lágrima, sin embargo, no pude comer en una semana. Fue como si mi cuerpo guardase su propio luto. Entre los familiares y amigos íntimos, me sentí una auténtica extraña. Pero tenía que estar allí. Despedirme de verdad. Ojalá me hubiera atrevido a decirle algo más de esas tres frases en vida. Aunque, quién sabe, tal vez si hubiésemos hablado, él no se hubiese convertido en aquella imagen inalterable, quizás no hubiera cambiado mi vida.

Alone again

Había dejado a sus amigos en plena sesión de cañas en un bar del centro. Con la cada vez más socorrida excusa del cansancio, se despidió de ellos más pronto de lo esperado y marchó hacia casa. Sus acompañantes no dijeron nada, no les sorprendió, no les molestó, en definitiva, les dio igual. Agarró malhumorado los auriculares de su ipod, esperando al menos distraer su paseo de quince minutos de duración con un poco de música, pero le fastidió descubrir que se había quedado sin batería. ¡Estupendo! Dijo apretando los dientes. De pronto, sin previo aviso, comenzó a oír en su cabeza la canción ‘Alone again’. Solo de nuevo. Solo de nuevo. Su mente parecía querer decirle algo. Mientras caminaba por las escasamente iluminadas calles en dirección a su casa, no divisó a nadie a lo lejos. Tan sólo a una especie de joven (aunque no podría jurarlo) que daba vueltas alrededor de sí misma. Pensó en si alguna vez había ejecutado esa maniobra afectado por el alcohol. No lo recordaba, así que probablemente no. Cuando pasó junto a un contenedor de basura, se imaginó que un desconocido saltaba de él para asustarlo justo en el instante en que se encontraba a su lado (había visto en un programa de la tele, de esos de bromas, cómo personas se escondían en los susodichos cubos y estremecían a gente aleatoria). Pero no ocurrió nada. Solo de nuevo. Alone again. Toda la velada había deseado gritar o pegar a alguno de sus amigos. No entendía muy bien por qué, no se consideraba un individuo violento, pero esa precisa noche los había odiado a cada uno de ellos, cada pequeña decisión tomada, incluso los refrescos consumidos le habían parecido abominables. Por eso se había marchado pronto. Ése era el motivo de que se hubiese inventado una excusa sin motivo. Estaba seguro de que ellos lo habían captado, pero no le afectaba lo más mínimo. Le resultaba indiferente que pensaran de él, de sus acciones y de sus opiniones. Aquella noche, alrededor de las mesas altas en las que habían cenado, los había odiado. Se había sentido solo. En las últimas ocasiones en que habían coincidido, había empezado a atisbar que su necesidad de estar con ellos se había debido más al deseo de paliar su sensación de soledad y hastío que de real aprecio. Y en esas últimas ocasiones, también había observado que aquel remedio ya no atenuaba su carencia, más bien, la fortalecía. Sus pasos no habían aminorado la marcha, ahora comenzaban a hacerlo. Se preguntó cómo sería introducirse en un contenedor de basura, desaparecerían las tristezas al estar rodeado de residuos más débiles que él mismo. Evidentemente no lo hizo. Aquél era su problema: sabía que no tenía buenos amigos con los que contar, que inventaba retazos de su vida para parecer más interesante, que se sentía solo y que no haría nada para remediarlo.

Tenía los ojos hinchados de llorar en la oscuridad. El llanto había cesado, ahora se encontraba en ese instante de adaptación al silencio, ése en que se mira al vacío y se espera algo que haga reaccionar. Respiró hondo. Colocó los labios hacia dentro para sentirlos y siguió escuchando el silencio.