skip to main |
skip to sidebar
Su mejilla reposaba sobre la cama. El resto de su cuerpo descansaba en posición fetal. Había perdido la noción del tiempo. Llevaba así minutos, horas, ¿tal vez días? De pronto todo había perdido sentido, como cuando se mantiene la mirada fija en un punto y los colores de los objetos bailan y se transforman. Levantó levemente la cabeza y buscó con la mirada el Libro. La estantería, el escritorio, el armario… no estaba por ninguna parte. O puede que sí. Alargó los brazos, los apoyó en el suelo y estiró con la cabeza con fuerza. Miró entonces bajo la cama. Prácticamente no llegaba ninguna luz allí, le resultó difícil acostumbrarse. Sí, allí estaba. Se dejó caer en el suelo como un insecto y se lanzó sobre la cubierta del objeto. Lo atrajo hacia sí como si se tratara de su propio primogénito. Llegados a ese punto, pocas cosas le importaban tanto como aquel libro. Acarició las tapas con delicadeza. Eran gruesas, estaban gastadas y las habían decorado con un tipo falso de lentejuelas. Parecía una imitación barata de un libro de brujería, el mismo que aparecería en una película de los años ochenta para adolescentes. Se lo pensó durante unos instantes, aún tumbada en el suelo. Últimamente había recurrido a ello muy a menudo. No estaba segura de que fuera una buena idea. Pero lo necesitaba. Dudó. Sí, lo necesitaba. Al fin y al cabo, para eso lo tenía, ¿no? Tomó aire y dejó de pensar. Cerró los ojos y abrió el libro. Lo hizo instintivamente, con avidez y temor al mismo tiempo. Sin pensar demasiado. Y sintió cómo se deslizaba por el libro.
Había sido un día de mierda. Literalmente. Y eso que odiaba las palabras malsonantes. Y el ruido, las manías infernales, los malos gestos, el desorden, tener que sonreír ante anécdotas que carecían de toda gracia, asentir ante comentarios absurdos... Y de pronto parecía que aquel día había sido un compendio de todo eso. Abrió la puerta del apartamento con cierto decaimiento, dio un portazo (cosa que también le desagradaba, al fin y al cabo implicaba dos elementos de la lista) y se desnudó. Sin meditar demasiado, se dirigió al lavabo y giró el grifo de agua caliente. Agarró el bote de gel, lo apretó con fuerza y dejó caer lo que quedaba de él en la bañera. Cuando estuvo medio llena, se introdujo en ella y cerró los ojos. Aquello resultaba muy agradable. Su cuerpo parecía empezar a alcanzar el equilibrio que tanto anhelaba. Se acomodó un poco más y comenzó a ver en su cabeza un campo verde, con margaritas y una casilla al fondo. Era su 'lugar seguro', el lugar al que acudía cuando estaba saturada del estrés y de su vida en general. Ya que la ciudad podía ser tan estresante y parecía estar tan lejos de todo, al menos podía viajar con la imaginación a donde ella deseara. Suspiró. Y pasó algo extraño, sintió cómo su cuerpo se inclinaba. La bañera parecía erguirse como un trampolín. Su cuerpo se deslizó y se hundió por completo. En el momento más inesperado, se descubrió flotando rodeada de humedad. Agua, agua y más agua. ¡Pero era salada! ¡Estaba en pleno mar! La respiración empezó a faltarle e intentó salir a la superficie. Aquello no podía estar pasando, no podía haber desaparecido de su bañera como de la nada. Hizo fuerzas con sus brazos, y consiguió llegar con dificultad a alguna parte. Alzó la cabeza y su nariz sintió el oxígeno. Cogió aire y se impulsó hacia arriba. Miró hacia arriba y sólo vio el azul de un cielo claro e inmenso. Procurando flotar en aquella repentina masa de agua miró al horizonte y no pudo ver más que el mar infinito. Sus ojos se abrieron como platos. ¡Estaba en medio del mar! Y perdió la conciencia.
Estaba tumbado en la cama, con gesto de hastío, rodeado de libros que no le interesaban lo más mínimo. Se preguntó si la vida siempre sería así: dedicarse a trabajar sobre cosas que no le motivaran, que tan sólo le produjeran infelicidad y desdicha. Incluso cansancio de sí mismo. No, eso sí que no lo haría. No iba a compadecerse de sí mismo. Aunque tampoco iba a esperar un tiempo mejor lleno de fantasías y sueños por cumplir. Qué absurdo. De pronto nada parecía tener sentido. Probablemente aquellos pensamientos no fueran más que el resultado del aburrimiento y saturación que aquellos manuales le habían provocado. Cerró el cuaderno que tenía en sus manos y apartó el resto de sí. Se colocó de cuclillas y miró por la ventana. Hacía un buen día. Sacó la cabeza y oyó a niños jugar escandalosamente. No estaría mal ser un niño otra vez. O un pájaro. Ésos sí que tenían libertad. Contempló una bandada de aves que sobrevolaban la calle en ese preciso momento. Y se le ocurrió algo. Algo insólito y bastante arriesgado. Volar. Se puso de pie sobre su cama, abrió bien las ventanas y apoyó la pierna en el alféizar. Resultaría difícil, pero por qué no intentarlo. Sacó la cabeza del todo y miró hacia abajo. Era un tercer piso, podría tomar impulso. Tomó aire, llenó sus pulmones, abrió los brazos y se lanzó. Durante unos segundos, sintió que volaba y durante esos segundos, sonrió. Hacía tanto que no sonreía que lo había olvidado. Todo sucedió muy deprisa, pero mereció la pena. Eso creyó él. Al menos la vida ya no sería así.
Miró el reloj, ¡eran las ocho! ¿Cómo era posible que hubiese perdido la conciencia del tiempo? Había estado a punto de perdérselo. Atravesó el salón con sigilo, para no despertar a aquel ser arrugado y despepitado al que llamaban “abuela”, deslizó la puerta corredera y salió al balcón. El escenario era el mismo de cada día, una ancha calle, muchos coches y seres más parecidos a hormigas que a personas. La música de fondo tampoco variaba, la unión de bocinas descompasadas. Colocó las manos en la barandilla y apoyó los carrillos en ellas. Y esperó. Solía llegar sobre las ocho y diez, aunque a veces se retrasaba. Nunca llegaba antes. Y esperó un poco más. Cuando pasaban doce minutos de las ocho, la vio aparecer. ¡Sí, allí estaba! Como cada tarde, de lunes a viernes, cruzando la calle con su paso cadencioso. Tendía a dejar caer la cabeza hacia un lado y a tener la mirada perdida, hundida en mundos en los que él jamás podría imaginar. Las mejillas rosadas, el cabello castaño, una sonrisa incipiente. A él le bastaba con poder mirar aquellos atributos preciosos para ser feliz.
Mientras caminaba entre los edificios de la Castellana se sintió pequeña, muy pequeña. Sus pasos, de pronto, se transformaron en los de una hormiga, y sus pensamientos parecieron desaparecer, vaciarse. Observó a los que caminaban en la dirección contraria, los que esperaban en las entradas, los que veían el fútbol en los bares. Mirar no implicaba abstraerse, sólo mirar. Agarró bien su bolso y deseó lanzar por los aires todos los objetos inútiles que en él guardaban y que parecían pesar una vida. Se imaginó girando sobre sí misma y lanzando el asa por los aires. Cualquier imagen resultaba más divertida que la realidad. Aminoró el paso, se estaba acercando demasiado a su destino. Aún no deseaba llegar a casa. Se sentó en un banco, bajo un árbol y bajo el tono pardo del cielo. Tal vez no regresara. Se quedaría allí. Qué tontería, ¿verdad?
Cerró los ojos y desapareció. Consiguió lo que tanto había anhelado.
Una mañana, como cualquier otra, se había despertado, abierto la ventana, observado cómo el día iniciaba y mirado a su alrededor. A pesar de que aquel gesto era habitual en ella cada mañana, un ritual para dar comienzo al día, en aquella ocasión algo había sido diferente. No sabía exactamente qué, no obstante, su escenario había cambiado. O tal vez hubiese sido su mirada, que como un tamiz no era capaz de soportar la imagen común. Se dio la vuelta y contempló su alrededor. Su apartamento, sus muebles, su marido durmiendo, su hija, su rutina, su vida. Ya no estaba tan segura de que le gustaran todas estas cosas. Sin meditarlo demasiado, se dirigió a la habitación que usaban como despacho, sacó todos los muebles de de ella salvo una silla, corrió las cortinas, bajó las persianas, eliminó toda la posible luz y echó el cerrojo. Agachó la cabeza y se olvidó de la vida. Sólo deseaba meditar y averiguar en qué había fallado. Lamentarse al fin y al cabo. Pasaron horas, días y semanas. Nada de lo que su marido o su hija dijeran serviría para conmoverla o convencerla. A las semanas le siguieron los meses… y los años. Perdieron toda esperanza de volver a verla. La habían perdido para siempre. Ella perdió la conciencia de ella misma, acabó fundiéndose con la oscuridad, con la no existencia. Pasaron cinco años, y de pronto ella se preguntó por qué se había escondido en aquella habitación en primer lugar, pues ya no lo recordaba. Abrió la puerta con lentitud, casi no tenía fuerzas. Caminó despacio, cubriéndose los ojos, la luz le resultaba violentamente cegadora tras años evitándola. Descubrió un cristal a su lado, notó su reflejo y se echó una mirada veloz y con temor. Aquel ser no podía ser ella. Se asemejaba más a un fantasma que a lo que creía recordar de sí misma. Lo buscó a él, la buscó a ella. Se extrañó. Sus muebles, su marido, su hija, su rutina, su vida. Todo había desaparecido.