La ciudad puede llegar a ser muy gris, pero no adquiere este tono precisamente por los gases, la polución y demás elementos nocivos, sino por la vanidad, la indeferencia o el materialismo. Soñábamos con un mundo ideal, propio de los cuentos que leíamos de pequeñas, sin embargo, el tiempo ha demostrado que éstos no suceden más que en los libros y en nuestras cabezas. No deberíamos dejar de soñar porque precisamente en esta capacidad nuestra reside que el tono de la ciudad sea gris y no negro absoluto. Al menos, siempre dispondremos de nuestras propias desgracias para reírnos y sentir que los edificios se resquebrajan por rayos, que tan sólo tú yo, sabemos de dónde provienen.

2 comentarios:

Nélida Devesa dijo...

Para la única persona que podría entender esto.

The Wild Rose dijo...

No soñar. Hacer.