Sentí el viento en mi cara y me gustó. El cabello se me arremolinaba y se volvía loco, pero qué importaba, el viento estaba en mi cara. Dejé de preocuparme por la imagen que pudiera estar dando o por el aspecto desaliñado con el que llegaría al trabajo… simplemente disfruté de aquel momento, mientras caminaba por las calles de esta vieja ciudad y el viento se convertía en mi compañero de viaje.

3 comentarios:

marketingfriends dijo...

a mi me pasa igual... es genial. sentir que llevas el pelo alborotado, pero que queda genial con la cara de felicidad que se te queda en ese momento. Sentir que eres un desastre adorable, como el de las películas, en el que llegará el príncipe a rescatarte de esa dulce ingenuidad en la que estás sumida. Él llegará y recogerá todas las cajas que se te han caído en el supermercado, porque no cogiste una cesta e intentaste llevarlo todo encima. El que te abrirá la puerta y te dejará pasar sin conocerte de nada. O quizá el que te mire en el ascensor con ojos tiernos, y no diga nada porque no hace falta, deseando que llegue el día siguiente para volverte a encontrar. Me gusta sentir el viento, y me gusta sentir que soy como soy y que la gente me mire por la calle pre´guntándose por qué demonios estoy sonriendo. Así es la vida. Entre el blanco y el negro...

Nélida Devesa dijo...

A veces me quedo mirando al vacío y pensando en mis cosas... y me pregunto si alguien se fija en mí (no en un sentido romántico) sino si se da cuenta de que estoy enfrente pero al mismo tiempo en un mundo mucho más lejano.

Justo dijo...

A mi también me pasa a menudo, hasta el nivel de pensar en voz alta mientras ando por la calle, lo bueno es que incluso a veces se me escapan incluso gestos, claro hasta que veo a alguien conocido que me pongo rojo y me doy cuenta que voy dando la nota por la calle, y luego me río de mi mismo, porque la verdad es que si el resto se da cuenta debe ser bastante cómico.