27dediciembre
24dediciembre
Un regalo
Había llegado pronto a la estación y decidió sentarse a esperar. Giró la cabeza y divisó un asiento libre a lo lejos. Ya acomodada, dirigió su mirada a uno de los numerosos relojes que adornaban el lugar. Cincuenta y ocho minutos que tenía por delante. Sí que se había dado prisa. De pronto, comenzó a impacientarse, como si estuviera a punto de emprender una ardua prueba. Había mucha gente a su alrededor, moviéndose como si tratara de una estampida. Se le antojaba que fueran animales en lugar de personas, embrutecidas, salvajes. Un escalofrío recorrió su espalda. Se sintió desprotegida y se abrazó a sí misma. Qué absurdos resultaban sus pensamientos, casi tanto como las frases mecanizadas que sonaban a través del altavoz. Todo era extraño. Todo era gris. Y comenzó a llorar. Primero con timidez y acto seguido, desconsolodamente. Olvidó por un momento dónde se encontraba y se dejó llevar por el llanto y por los sentimientos que inspiraban su huida. Dejarlo todo atrás era duro. Más difícil de lo que hubiese podido imaginar mientras depositara su vida en una maleta. No había reflexionado cómo se sentiría en el momento crucial. Tan sólo había actuado como se suponía que debía hacerlo una persona como ella. En aquel nubarrón de impresiones, una presencia la sacó de su ensimismamiento. Alguien la miraba fijamente desde lo lejos. Ella se sintió algo incómoda, pero la sensación comenzó a incrementar cuando notó que se encaminaba directamente hacia ella. INtentó disimular, fingir que no se percataba de sus pasos, no obstante, era prácticamente imposible. El individuo continuó con su marcha hacia ella y aprovechando que en ese instante, el asiento junto a ella quedaba disponible, se situó a su lado. Ella no le quitó la mirada de encima y con los ojos como platos trató de decir algo. Él alargó su dedo hasta los labios de ella para evitar que produjera sonido alguno. Ella se apaciguó y observó con atención cómo él sacaba de su bolsillo un objeto. Agarró su mano lentamente y depositó sobre ella el objeto en cuestión. Era una esfera de cobre, pero por su peso parecía ser el contenedor de alguna otra cosa. Se disponía a abrirla cuando el desconocido dijo: 'Aún no... pero cuando lo abras, volverás a ser feliz'. Y con esas simples palabras, se marchó dejándola atrás. Ella no sabía qué decir ni qué pensar. ¿Tal vez se trataba de una broma? ¿Debería hacerle caso y esperar para abrir el inesperado trasto? ¿O debería tirarlo, al fin y al cabo aquél no era más que un desconocido? No sabía por qué optaría finalmente, pero decidió guardarlo hasta llegar al tren.
Las preocupaciones de ella parecieron desvanecerse durante los cincuenta minutos restantes, tiempo que tuvo que esperar hasta entrar en el tren. Estaba demasiado sorprendida. Deseaba una explicación.
A las diez en punto se halló en su asiento del tren y la máquina comenzó a galopar. Supo que había llegado el momento, que tenía que abrir aquel extraño regalo. Agarró con delicadeza el presente, lo estudió durante unos instantes, presionó un botón en el medio y todo el cachivache se abrió. De él salió una luz inmensa que iluminó la cara de ella. Su desconcierto fue a mayor cuando una imagen se escurrió del mismo y no pudo hacer más que sonreír, henchida de felicidad.
25denoviembre
En la oficina
14denoviembre
Sofía
14denoviembre
Una 'heroína' entre las calles
14denoviembre
En un bar
19deoctubre
El día siguiente
12deoctubre
Remedio para la soledad XV
Sin embargo, aquella tarde, Laura no se limitó a escuchar, ni siquiera introdujo más monosílabos que de costumbre sino que fue ella quien se abrió ante el otro. Había notado cómo algo dentro de sí explotaba y supo que tenía que compartirlo con él, Carlos.
Habían ido a almorzar a un pequeño restaurante oriental cercano a General Yagüe. Había sido idea de Carlos. Resultó ser el típico local apartado y agradable con hilo musical.
Laura habló de su trabajo, de las decisiones importantes, de sus años de instituto, de su familia, no mencionó a Pablo.
Carlos la observaba sorprendido y extasiado. Era consciente de que una puerta se abría ante él. El umbral que dividía la mujer que había idealizado y aquélla que era en realidad. Por primera vez en mucho tiempo, su fantasía adoptaba dimensiones. Y en verdad, con sus imperfecciones, prefería a la real.
10deoctubre
Un mundo de luces
8deoctubre
Una fotografía
7deoctubre
Dolor y humo
1deseptiembre
Un hombre
27deagosto
24deagosto
Una imagen
No recordaba qué edad deberían de tener cuando se hicieron aquel juramento eterno. Tal vez quince años. No eran más que unos críos. Aún así, recordaba aquella imagen con cariño. Cada vez que se le venía a la mente no podía evitar sonreír. Era su pequeño secreto. Por supuesto, jamás podría contarle algo así a Pedro. Él no entendía esa clase de cosas. Él era un hombre de hechos pero no de promesas ni de romanticismo. En realidad, aquella declaración de principios de la que él presumía no era más que una excusa, ella lo sabía, para no tener que esforzarse. Para que ella no esperara nada. Y nunca lo había esperado. Hasta ahora.
7deagosto
Un recuerdo
4deagosto
Alone again
3deagosto
29dejulio
Dos mundos
¿Rosa? ¿Morado? No, no, celeste, seguro que era celeste. ¿Cómo era posible que no lograra recordarlo? Había pasado toda la tarde dándole vueltas y había sido incapaz de llegar a una conclusión. No podía estar pasando, era una persona con una memoria excelente, especialmente para detalles como aquél. ¿Era rosa en un tono claro? ¿O tal vez azul con estampados? Había ocurrido de la manera más inexplicable. Había estado viendo la televisión (sí, lo sabía, en lugar de eso debería haber estado trabajando en los dibujos) cuando encontró una vieja película que solía ver con su madre de pequeña. Y de pronto, lo recordó. Un vestido de cuello largo, que odiaba porque le recordaba a un babero. Su madre se lo ponía en las ocasiones especiales. Y ella lo odiaba. Sentía un fuerte impulso de hacerlo trizas cada vez que su madre la obligaba a llevarlo. ¿De qué color era? Algo que había sido tan importante… ¿Podía haber desaparecido de su memoria realmente? Hasta que un día se hizo con las tijeras de la caja de costura y lo cortó. Lo hizo pedazos a decir verdad. No lo entendía. Necesitaba acordarse, era muy importante. Sabía que si permitía que ese recuerdo se marchara, su memoria comenzaría a luchar contra ella. Algo no iba bien. Pero lo recordaría. No importaba cuánto esfuerzo o tiempo costara.
20dejulio
Entonces me di cuenta
13dejulio
El viaje que comenzó en la bañera II
A tan sólo un metro de distancia, se detuvo. Como si una fuerza invisible la separase del edificio. Con los ojos como platos, observó las piedras que componían la cabaña. Las ventanas. Incluso la puerta. Todo era exacto a cómo lo había imaginado. ¿Se hallaba dentro de un recóndito hueco de su pensamiento?
Llegada a ese punto, trazar una explicación resultaba absurdo. Lo único que se le ocurría en aquella tesitura era dejarse llevar.
Alargó el brazo para tocar la piedra de la casa y a punto de hacerlo, sintió una voz que le lanzaba un alarido. Giró la cabeza. Era otra mujer. Y se quedó paralizada.
6dejulio
El viaje que comenzó en un libro
16dejunio
El viaje que comenzó en la bañera
11dejunio
El vuelo
28demayo
De lunes a viernes
27demayo
Edificios
23demayo
22demayo
En la habitación
9demayo
Remedio para la soledad XIV
Recordaba que había empezado a sufrir una especie de insomnio. No era insomnio exactamente porque él sí podía alcanzar el sueño tan pronto tomaba la cama, el problema consistía en que en plena noche despertaba y era incapaz de volver a conciliarlo. Y permanecía allí, como un tonto, frente a ella, sin moverse demasiado por temor a despertarla. Cuántas noches habría pasado así. ¿Cinco? ¿Tal vez seis? Era posible. Lo que sí recordaba con exactitud era la noche que consiguió levantarse del lecho a pesar de que Laura permanecía dormida junto a él. Aquella madrugada, ya hastiado, no le importó que pudiera desvelarse ella también. Sólo pensó en él. Fue al salón, se preparó un té, como esa misma tarde, y reprodujo los movimientos en el sofá. Pensó en todo y en nada. Intentó dotar de sentido a la situación. Y lo hizo. Las dificultades de vigilia no era más que un reflejo de sus carencias y de sus inseguridades. Algo fallaba en él. Algo le faltaba. Necesitaba averiguarlo. Pero no podría hacerlo con Laura a su lado. Lo veía claro. Y con mucho dolor, decidió dejarla, pedirle que dejaran de verse por un tiempo. Aquellos dos años habían sido muy intensos y aunque la quería mucho, a veces tenía la sensación de que ninguno de ellos era verdaderamente quienes habían sido antes de conocerse. Dos noches más tarde, habló con ella, en aquel bar cutre de Tribunal. Le habría gustado hacerlo en otro sitio, que resultara menos tópico al menos, pero las cosas surgieron así. No pudo controlarlo del mismo modo que sus sentimientos lo habían desbordado. Ella reaccionó cómo él había esperado, con cierto orgullo. No le dejó acompañarla a casa, ni siquiera despedirse.
Bebió un sorbo de su té. Ya no estaba tan seguro de que ella no pudiera acompañarlo en su búsqueda. Es más, comenzaba a creer que la necesitaba a su lado para conseguirlo.
30deabril
Remedio para la soledad XIII
La mañana evidenció aún más su nuevo estado. Dejó de vagar por los pasillos evitando cualquier tipo de compañía y volvió a pisar con fuerza y convicción entre ellos. No parecía el fantasma que había ocupado su puesto durante las últimas dos semanas. No sorteaba los encuentros o miradas. Simplemente estaba allí, con su gesto entre serio, correcto y agradable. Era Laura, la de siempre. Teresa no podía evitar observarla a lo lejos. No daba crédito. Aunque no podía explicar a qué se debía aquel comportamiento, se alegró por su amiga. La propia Laura no terminaba de creerse a sí misma, no había pensado en Pablo, ni en la soledad, ni en la angustia durante toda la mañana. Sólo había estado ella.
A la hora del almuerzo decidió abandonar la oficina para variar y dar un paseo. Hacía un día espléndido.
Mientras caminaba por General Yagüe y torcía a Orense sintió que aquél era un momento sublime. Uno de esos momentos en los que cada pequeño elemento, cada mínima fracción que compone el escenario es perfecto. Incluso ella misma. Si cualquier detalle hubiese sido modificado, el ruido del tráfico, los tonos del firmamento las mujeres con carritos, personas de negocios en traje, el golpe de sus tacones contra el asfalto, no habría sido aquel momento suyo.
Sus pensamientos la obnubilaron un segundo pero miró hacia el frente y una imagen la volvió en sí. Alguien. O nadie. Un ente similar a un espectro que se descomponía a lo lejos para representar muchas figuras distintas. Era Carlos. Aquel hombre con el que había dormido hacía dos semanas. Aquel individuo aleatorio al que había llamado porque necesitaba que la abrazaran. Aquel pseudo desconocido cuyas llamadas había ignorado. Aquel tío al que se suponía que no volvería a ver. Tragó saliva. No pudo evitar mostrar una sorpresa cercana al pánico. Carlos tardó más en descubrirla. Sin embargo, su expresión, estupefacta también, se acercaba más a la jovialidad.
Al hallarse el uno al frente del otro, se pararon sin decir nada y se contemplaron un momento que se hizo eterno. Fue como si toda la actividad a su alrededor se detuviese.
Carlos no supo qué decir. Pensó y sólo se le vino a la cabeza la cancioncilla que rememorara aquella precisa mañana.
- Hola, ¿qué tal… estás?- Dijo al fin.
- Bien.- Ella hizo un amago de sonreír pero bajó la mirada.
- Me alegro. Em, ¿qué haces por aquí?
- Trabajo por aquí cerca.- Contestó sin saber muy bien qué decir.- ¿Y tú?
- Tengo una cita con un cliente por este barrio y voy a aprovechar y comer por aquí mientras tanto.
- ¿Un cliente?
- Sí, soy visitador médico, ¿no te lo había dicho?
- No… - Laura sonrió esta vez, aunque a duras penas. Estaba a punto de despedirse, tenía la fórmula preparada en la cabeza, incluso cómo se marcharía y por donde, pero pensó un instante y cambió de opinión. – Siento no haberte devuelto las llamadas.
- No, no pasa nada- Se apresuró a decir Carlos.- Imagino que has estado liada.
- No exactamente. He estado liada, sí, pero no pensaba llamarte. Es que no era un buen momento para mí.
- Ah… - Él no supo muy bien qué responder a esto.
- Pero si me dejas compensarte, podemos ir a comer juntos. Me disponía a hacer eso precisamente.Bueno… Si de verdad te apetece, por mí, sí. Me parece bien.
26deabril
Remedio para la soledad XII
Se puso en pie, corrió a la habitación, agarró las sábanas y las metió en la lavadora. Quería eliminar todo resto del pasado en ellas, incluso los recuerdos, aunque éstos resultaran más difíciles de borrar. Acto seguido, se metió bajó la ducha, levantó bien la cabeza, suspiró y dejó que el agua caliente borrase cualquier rasguño. Poco a poco sintió cómo el agua iba expulsando los malos pensamientos y temores.
Cogió el primer conjunto que encontró en el armario, esta vez no tenía que estudiar qué ponerse. Simplemente se sentía bien consigo misma. Y se dirigió a la oficina.
16deabril
Remedio para la soledad XI
Carlos cerró la puerta con cuidado, se colocó la gabardina y salió a la calle. Miró el reloj, aún disponía de tiempo, caminaría.
Mientras cruzaba la calle y traspasaba los escaparates, se preguntó qué le diría si por fin ella le devolviera las llamadas. Probablemente optaría por el socorrido “hola, qué tal”. Y de pronto, al caminar y pronunciar aquellas palabras, no pudo evitar recordar cierta canción de Santiago Auserón. La Bola de Cristal. “Hola (Hola)/ Qué tal/ en la bola de cristal/te veo venir/en la bola de cristal/estás junto a mí/en la bola de cristal/veo, veo/un deseo”. Sí, un deseo. Se rio para sus adentros. Que ridículo.
Por qué se engañaba a sí mismo. Por qué los seres humanos eran incapaces de ser honestos consigo mismos. Era verdaderamente penoso. Admitir la realidad, por cruel que fuera, no debería ser tan difícil. No lo había sido hasta ahora, ni siquiera la muerte de su padre, al que estaba tan unido supuso semejante trago. Cómo podía pensar esas cosas, establecer aquellas comparaciones. Todo le resultaba absurdo. Pero no podía evitarlo, tenía un presentimiento. Aunque, según las evidencias, su intuición esta vez le había fallado.
12deabril
Ella esperaría
11deabril
Relato de un hombre que sobrevuela la ciudad
6deabril
Remedio para la soledad X
Eran más de las doce. La televisión no podía ofrecerle ya más entretenimiento, así que decidió irse a dormir. Apagó el aparato con lentitud y suspiró. Como si no tuviera más remedio, se levantó del sofá y acudió al baño. Procuró alargar las actividades de aseo personal todo lo que pudo, el dormitorio de noche se había convertido en un terreno minado. Al fin, cuando ya no existieron más excusas, se dirigió a su habitación y permaneció en el umbral. Cómo era posible que un espacio tan pequeño se hubiese convertido en un lugar tan inmenso en cuestión de una semana. La cama, de pronto, parecía infinita.
Con sigilo, apagó el interruptor y se tumbó en la cama. Las luces de las farolas y los edificios se colaban por la ventana así como el ruido de los coches contra el asfalto. El sonido del reloj despertador martilleaba el silencio. Definitivamente, las noches eran lo peor. Los días podían llenarse con momentos frívolos, pero las noches no, estaban llenas de recuerdos dispuestos a asaltarla. Sintió un muelle clavándosele en el costado. Agarró con fuerza la almohada y se giró. Aquella posición no servía. Ni ésa ni ninguna. No era cuestión de posiciones ni de muelles. Era ella y la certeza de que la cama se había vuelto demasiado grande para una sola persona. Él estaba por todas partes, podía olerlo en las sábanas y verlo en la oscuridad.
No estaba dispuesta a pasar otra noche en vela. Cogió la almohada y se marchó al salón. Colocó la almohada y su cuerpo como pudo en el sofá y espero poder dormir algo. Allí, al menos, estaba a salvo.
29demarzo
Remedio para la soledad IX
Laura había dado media vuelta y había caminado sin rumbo fijo. Sin pensar. Por las calles de Madrid. Había llegado a la Plaza de España y se había sentado en un poyo de piedra, junto a la fuente. Había sido un paseo agradable, había sentido el sol en su piel, éste había resultado el sentimiento más real en mucho tiempo. Llevaba casi una hora allí asentada, observando a los transeúntes, oyendo las bocinas de los coches, espiando cómo el agua de la fuente giraba y giraba. Algunas familias, jóvenes, incluso niños correteaban por allí. La postal era de lo más enternecedora, sin embargo, le parecía detestable. Le fascinaba y le enfurecía la felicidad de los que allí se detenían como ella. Habría deseado que todos sintiesen su dolor y llorasen y ella pudiera compadecerlos al menos por eso, porque ella fuese capaz de mantener la compostura. Cómo odiaba los domingos. Eran días de relleno, que la gente dedicaba a hacer actividades absurdas para poder presumir de cuán interesante era su vida al día siguiente en el trabajo. Y ella no tenía cómo rellenar la jornada ni con quien. O puede que sí. Pensó en ir al cine, así al menos, podría ver cierto sufrimiento y no sentirse única y sola en él.
La cafetería se había llenado a estas alturas y leer o intentarlo se había convertido en un imposible. Pero Pablo no quería marcharse. En su interior, algo le decía que debía permanecer allí, en su mesa de siempre, esperándola.
26demarzo
Remedio para la soledad VIII
Dejó el teléfono en el suelo, se sentó e intentó respirar serena. Todo había sucedido tan rápido, las imágenes a su alrededor le llegaban como pura confusión. Sus tacones corriendo por las calles, huyendo de una realidad reciente y espantosa, ella sobre aquel desconocido en su cama, Pablo abandonándola en su mesa de siempre en su bar de siempre, los recuerdos de abrazos y besos entre ellos dos, las caricias con aquel tipo que le producían cierto asco en ese instante, los sollozos, la incomprensión, la soledad. Intentó respirar. Necesitaba tranquilidad. Asimilar cualquiera que fuera la situación.
Se mordió el labio y miró a su alrededor. El salón estaba como de costumbre, mismos muebles, misma distribución, mismo nivel de limpieza, sin embargo, parecía otro sitio totalmente distinto. De pronto había cambiado. ¿O había sido ella?
Ojalá fuera una pesadilla. Ojalá pudiera irse a dormir y despertarse con la vida que había tenido hasta la noche anterior. Tenía que ser una broma, aquello no podía ser más que una broma cruel porque le dolía muchísimo.
No quería perder a Pablo, no quería estar sola, no quería noches con desconocidos sin ninguna clase de significado. Miró el sofá y encontró algo de lo que no se había percatado en el primer vistazo. El ejemplar de Otras voces, otros ámbitos de Pablo. Se le ocurrió una idea descabellada y bastante lamentable. Podría ir a la cafetería de la esquina de Barceló, su lugar de encuentro los domingos y entregárselo. Él apreciaría el gesto, sobre todo, al verla despejada, y tendrían la oportunidad de hablar. Sí, era perfecto.
Corrió a ducharse, se vistió (unos vaqueros y una camisa simple, para darle mayor tono de casualidad), se maquilló, agarró el libro, y tal cual, salió de casa. Con ímpetu y nerviosismo.
Caminó con presteza hasta su establecimiento y al llegar a la esquina, se paró. Pudo contemplarlo a lo lejos. Supo que era él por su cabello rizado y su espalda enorme. Y porque se había sentado en su rincón. Todo era como siempre salvo que no era como siempre. Dirigió la mirada al libro y la situación cobró su sentido ridículo inicial, al menos, pudo entenderlo ahora. No podía ir a verlo como si nada. Deseaba hablar con él pero no podía hacerlo así.
Le dirigió una mirada intensa, como si fuera la última, y dio media vuelta.
Pablo siguió mirando su cuaderno fijamente, totalmente inconsciente de lo cerca que Laura había estado de él.
25demarzo
Remedio para la soledad VII
Normalmente no tenían que decir nada, se encontraban allí a la misma hora de siempre (si ella no había dormido con él la noche anterior), sin embargo, aquella mañana él sabía que no aparecería. Al menos, eso era lo que él le había pedido. Pero ya no estaba tan seguro de desearlo. Tal vez se hubiese precipitado en su decisión. O tal vez no. No sabía muy bien qué pensar.
La camarera apareció con su desayuno, no hacía faltar pedirlo, un café solo y un sándwich. Sintió la mirada inquisitiva de la joven, buscando a Laura, como si no entendiera que pudiera estar allí sin ella. Abrió un cuaderno de notas, se colocó las gafas y fingió escribir. Mientras clavaba el bolígrafo en la hoja, comenzó a pensar, a intentar recordar sus palabras la noche anterior.
Se habían encontrado en el café de siempre, ése de la calle Pez. Laura había aparecido preciosa, con uno de sus vestidos, y con su gesto de fingida despreocupación. Era fingida, lo sabía, lo había notado un poco parco por teléfono. Y últimamente en realidad. No se anduvo con rodeos. Le explicó que la quería, pero que no se sentía como se suponía que tenía que sentirse, que estaba raro en general con todo, incluso con el trabajo. Y que necesitaba dejar de verla durante un tiempo. Se sentía asfixiado. Le había dicho que era posible que fuese cuestión de tiempo, pero que entendía que no pudiera esperarlo. De lo que estaba seguro era de que no podía seguir con las discusiones y las peleas.
Ella había arrugado el gesto, se había mordido el labio de rabia y casi sin decir palabra, se había marchado. Era muy orgullosa, sabía que no lloraría delante de él. Sólo fue capaz de decir que no entendía nada, que no entendía cómo dos años podían terminarse así. De pronto. Él hizo el amago de hablar, pero no le dejó, simplemente desapareció. Él intentó ir tras ella, pero corrió e ignoró sus llamadas en la oscuridad.
Aquél no podía ser el final. Estaba convencido.
En ese preciso instante, mientras daba un bocado a su sándwich, se dio cuenta de que la echaba de menos. Añoraba su energía el despertar y sus conversaciones absurdas recién levantada. Suspiró. Notó algo en el bolsillo. Era su teléfono móvil y estaba vibrando. Era Laura. Pero no, no era el momento para hablar.
20demarzo
Remedio para la soledad VI
19demarzo
Remedio para la soledad V
En sus últimas visitas al establecimiento parecía más demacrada. La sonrisa con la que la descubriera se había ido quebrando poco a poco. Y su gesto no era tan enérgico como cuando la viera por primera vez. En su contemplación de la burbuja creada por ella y él, detectó que algo no marchaba bien entre ellos. Las conversaciones sin descanso que parecían mantener en la distancia habían sido sustituidas por largos silencios y miradas intensas. Ahora tomaba tres copas. Daba más sorbos a sus bebidas y de mayor duración.
A pesar de que su mayor deseo era reemplazar a aquel individuo en su pequeño cosmos, temía que su historia se terminara. Sospechaba que si dejaban de encontrarse, ella no acudiría más por allí y él nunca volvería a verla. Y no lo soportaría. Había crecido algo dentro de él que la unía secretamente a ella a pesar de que ella fuera totalmente inconsciente de esto.
La siguiente vez que los vio estaban discutiendo. Él había llegado tarde y ya habían ocupado su lugar de siempre. No sabía qué era lo que había precedido a aquella disputa pero intuía que se acercaba el fin. Ella le hizo un gesto brusco a su compañero, se levantó con violencia y caminó en dirección de él. Ella tenía fija la mirada en el suelo, por eso no lo vio y tropezó contra él. Levantó la cabeza, lo miró con seriedad y él creyó ver cierta melancolía que le resultó familiar. Aquella noche lo supo. La quería. La quería por su sufrimiento.
En la cama, mientras recordaba cada momento, tomó la decisión de hablar con ella. No esperaría más. Aunque resultase una grosería. La invitaría a una copa o le preguntaría algún sinsentido. No podía seguir observando. Estaba dispuesto, incluso para el rechazo.
Esperó y esperó, como siempre, sin embargo, ella no apareció en la siguiente semana. Tal vez ya era demasiado tarde, tal vez el fin ya hubiera llegado y no volviera a verla. Se resignó, tampoco tenía otras opciones. Pasó un día, transcurrieron dos, y al tercero, de la nada, surgió ella y estaba sola. Él no podía creerlo. Esta vez ella no dirigía su mirada hacia ningún lugar, probablemente no esperaba encontrar nada ni a nadie familiar. Se contoneó con seguridad a la barra. Lo supo. Él supo que era su momento para actuar. Caminó con firmeza hasta ella y le dijo:
- Hola, soy Carlos. ¿Puedo invitarte a tomar algo?
- Yo me llamo Laura. Y claro que puedes- contestó con una leve sonrisa.
19demarzo
Remedio para la soledad IV
Estaba convencido de que ella pensaba que se habían conocido hacía tan sólo una semana, la primera vez que hablaron formalmente. Pero estaba equivocada. Él se había fijado en ella mucho antes. Hacía cuestión de mes y medio, la había visto aparecer en el bar de siempre. Se percató de su presencia en cuanto entró por la puerta. Estaba distraído, ignorando la charla de los compañeros de trabajo, con los que solía ir por allí, cuando ella ocupó toda su atención. La música de fondo, las mesas, el olor a alcohol, las luces deprimentes típicas de bar, todo dejó de existir. Tan sólo estaba ella, con una gran sonrisa y un vestido gris. No paraba de tocarse el pelo y mirar hacia atrás. Lo recordaba perfectamente, del mismo modo que recordaba cómo tras ella, surgió él. No sabía quién era, pero podía imaginárselo. Era a quien ella buscaba atrás, a quien había estado sonriendo. Se agarraron de la mano y fueron a la barra. Juntos. En un mundo propio y lejano del que él, sabía, no podría ser partícipe.
Se pasó el resto de la noche observándolos, sobre todo a ella. No podía evitarlo, le fascinaba. Simplemente sentada en el incómodo taburete desprendía una luz atrayente, que lo mantenía unido a ella, como si se tratara de un hilo invisible. Cada pequeño movimiento en ella era arrebatador, el modo en que se tocaba el pelo, cómo acariciaba la mesa con los dedos, el gesto con el que agarraba la copa.
Aquella noche regresó a casa y ella ocupó sus pensamientos toda la madrugada. Imaginaba cuál sería su nombre, a qué se dedicaría, cómo habría conocido a aquel individuo que la acompañaba y soñaba con historias en las que él ocupaba el lugar del acompañante. Era extraño sentirse así por alguien con quien ni siquiera había intercambiado una palabra.
Desde aquella ocasión, él frecuentó con mayor asiduidad el bar, aunque ninguno de sus camaradas lo acompañara. Sólo quería volver a verla. Y efectivamente ocurrió.
8demarzo
Remedio para la soledad III
- ¿Adónde vas?- Preguntó extrañado.
- A por agua, ¿no quieres un poco de agua?
Incorporada, cogió la primera prenda que encontró en el suelo y se vistió con agilidad. Al cubrirse el cuerpo, sintió que se establecía una distancia entre los dos, mayor que el espacio que de verdad los separaba. Una actitud.
Salió de la habitación, dejándolo en la cama, a sus anchas. Entró en el baño un momento y se miró en el espejo. La imagen resultaba más desoladora que la que descubriera en el ascensor la noche anterior. Veía huecos en su rostro, huecos en todas partes. Sombras. Se tocó con las manos en las mejillas, buscando algo, que no consiguió encontrar. Suspiró dirigiendo la mirada hacia el suelo y fue a la cocina. Llenó un par de vasos de agua y volvió con sumisión al dormitorio. Él la esperaba con una sonrisa afectiva. Ella fingió sonreírle.
Le alargó el vaso y se sentó en la cama, ya vestida, lo más lejos que le fue posible. Él bebió enérgicamente e hizo el amago de volver a agarrarla. Ella permaneció en el lugar exacto.
- Ven aquí, tenemos toda la mañana.
Sintió auténtico pánico al oír estas palabras y supo que tenía que reaccionar de algún modo, pero tenía que hacerlo ya si quería que se marchara. No podía pasar toda la mañana con él. No quería. Intentó pensar, pensar algo y rápido…
- ¡No puedo estar toda la mañana aquí!- Gritó de pronto.
- ¿Cómo?
- He quedado para comer con alguien y tengo que ducharme y quitarme los restos de noche de encima.- Dijo ya con más calma.
- Ah. Vale. – Él pareció entender. Se levantó, salió de la cama y comenzó a vestirse.- Entonces, supongo que me voy.
Se despidieron con un beso en la entrada.
6demarzo
Remedio para la soledad II
4demarzo
Remedio para la soledad
3demarzo
2demarzo
28defebrero
23defebrero
23defebrero
21defebrero
III
Ay, Ana, si te dieras cuenta de que lo sé todo sobre ti. Cada pequeño detalle. Que te admiro en la distancia desde hace tanto tiempo. Que podría quererte como te mereces, hacerte sentir bien, feliz y no una desgraciada como ese noviete que tienes que te ningunea, que te convierte en un ser insignificante. Sé que eres frágil, aunque lo niegues, aunque finjas ser fuerte. Conmigo no tienes que fingir. Ojalá dejaras que te diera un abrazo. Juan la contemplaba desde su escritorio, a lo lejos, pensando todas aquellas cosas que jamás sería capaz de decirle.
A pesar de que ella no había pedido su ayuda, decidió acercarse y darle la oportunidad de aliviarse. Se acercó a su mesa con un café en sus manos y esperó su reacción. Ella se limitó a darle las gracias con un bufido y a dejar el vaso junto a ella, sin probarlo, sin mirarle. Juan comenzó a impacientarse, de modo que le dijo que no tenía muy buen aspecto. Ella continuó sin inmutarse hasta que él le preguntó. Y ella le gritó. Juan se marchó avergonzado. Corrió por el pasillo, sin pensar, corrió evitando pensar, chocó con el carrito de la señora de limpieza, no supo qué decir, continuó su carrera y llegó al lavabo.
El aseo masculino estaba desierto. Con la respiración alterada, se observó en el espejo. ¿Por qué era tan estúpido? No era más que un iluso. Era imposible que Ana se fijara en él. Un tipo corriente, de camisas a cuadros. Un gordinflón sin personalidad que no tenía más que ofrecerle que un café. Estaba a punto de recriminarse todo aquello que odiaba de sí mismo cuando alguien cruzó la puerta del aseo y fingió que se lavaba las manos y se marchó. Ni él ni nadie oiría lo que tenía que decir.
20defebrero
17defebrero
16defebrero
6defebrero
II
- Toma, te he traído un café de la máquina, como te noto muy cansada hoy…
Oh, no, el pesado de Juan había vuelto, para molestarla con sandeces que no vendrían a cuento y retrasar su trabajo.
- Gracias. No tenías qué molestarte.- Agarró el café con antipatía y lo depositó en la mesa.
¿Acaso había sido muy dura con Jorge? Sabía que él estaría destrozado hoy. Tal vez debiera llamarlo ella. El sentimiento de culpa comenzó a inundarla de pronto.
- Tienes mala cara.- Comentó Juan, con su tono habitual, que no se había marchado sino que se había sentado a su lado, muy cerca.
- Gracias.- Exclamó secamente.- No he dormido muy bien esta noche.
- Pareces dispersa hoy.
- Supongo.
- ¿Tienes problemas?
- ¿Te importaría dejarme en paz de una vez?- Gritó y Juan espantado, volvió a su escritorio.
Ella clavó los dedos en el teclado y la mirada en la pantalla y decidió evitar pensar en el resto de la hora.